colas interminables, especulación y mercado negro para hacer las compras

Las cuatro. El sueño profundo de la cuarta fase es un lujo que Moira no puede permitirse hoy. Es día de tienda. Y lo deja así, en singular, porque no habrá tiempo para las eses del plural.

Revisa, como una obsesa, si tiene el carnet de identidad y la libreta de abastecimientos encima. Sin eso, nada funciona fuera de casa. Las cinco. Se levanta el toque de queda y sale mandada por la puerta. Cada segundo cuenta. La tienda está apenas a tres cuadras y no tarda ni 10 minutos en llegar, pero así y todo, cien personas han llegado antes que ella.

Las siete. Lleva dos horas sentada en un muro de menos de 15 centímetros de ancho y ya tiene el culo cementado. Menos mal que ha bajado de peso y una parte cabe en esa cinta de concreto. Pero ya no aguanta más. Se para, se estira y da algunos pasos sin ir lejos. Van a ser las siete y media.

La famosa mujer que escanea los carnets, reparte los tickets y vocifera en la cola sigue sin llegar. Las ocho. Ha logrado coger el número 107. Tiene que regresar al mediodía. No dejan esperar fuera de la tienda ni sentarse en el parque de la esquina. Está bien, no importa, se va con esperanzas de que al regreso todavía haya mercadería.

El precio de los productos en dólares en Cuba, pese a que la población cobra en pesos cubanos. (Yoanny Aldaya – Periodismo Situado)


Camino a casa ha encontrado un mamut: un carretillero. Verlos en esa parte de Miramar, el barrio donde vive en La Habana, es como entrar a Jurassic Park. Le ha comprado un mango, una libra de tomates y otra de limones: 420 pesos, un poquito más del 10% de su salario.

El mango, un lujo; pero es que hace rato tiene ganas de comerse uno sola, así, a tajadas, sin estirarlo en jugos. Los limones: no soporta las carnes sin ácido, le parece que está mascando un chicle sin sabor. Los tomates: previsión, no sabe si encontrará puré o salsa, o lo que sea, en la tienda; con algo tiene que cocinar el picadillo que tiene en casa.

Las once. Revisa el correo. Tiene dos mensajes: le ha llegado un libro de economía para editar y encima debe redactar un texto sobre el mercado de alimentos en Cuba. Pero, cómo, si en Cuba la economía y el mercado de alimentos no funciona como en el resto del mundo.

De hecho, si su país fuera un país común, ella no tendría que perder su sueño profundo ni un día entero en la cola, mientras otros compran cómodamente en las tiendas MLC.

MLC: las siglas para Moneda Libremente Convertible; lo que los expertos suelen llamar dólar bancario. Una moneda, por demás, que solo vive en el reino virtual de los bancos en Cuba, como si fuera una especie de stablecoin nacional.

Dinero que no es impreso, que se acumula en una tarjeta de débito bancaria, que se compra con las divisas con las que el Gobierno no le paga al pueblo ni les vende, que depositan en esa tarjeta los más de dos millones de familiares y amigos cubanos que viven en la diáspora. Una moneda impuesta en el último trimestre de 2019 en una economía centralizada.

Acceder a los MLC de manera legal no es fácil para la mayoría de la población en Cuba. No hay muchas vías: o alguien te deposita divisas (euros, libras esterlinas, dólares canadienses, francos suizos, pesos mexicanos, coronas danesas, coronas noruegas, coronas suecas y yenes japoneses) en tu cuenta desde el extranjero, o las compras directo en el banco depositándolas uno mismo.

Pero justo ahí está el truco, en las divisas. El salario de los cubanos es pagado en pesos cubanos (CUP) y el banco hace más de un año que dejó de vender divisas. ¿Cómo hacer entonces? Pues traficar en el mercado negro, informal, paralelo.

El efectivo en divisas ha ido pasando de unas manos a otras y disminuyendo por el camino. El Banco Nacional de Cuba no vende; pero la gente sí. No importa si es ilegal, que esté tipificado penalmente como tráfico de divisas y pueda significar cárcel.

Para colmo, el Gobierno prohibió en junio de 2021 el ingreso de dólares estadounidenses como moneda de compra para los MLC, lo cual disparó el precio del euro en la bolsa informal.

En apenas más de un año el MLC ha sido una de las causas más visibles de la devaluación del peso cubano a niveles nunca antes vistos. El 5 de mayo de 2021, por ejemplo, el medio digital El Toque registraba 52 CUP por 1 MLC en la bolsa informal; el 14 de mayo de 2022, el mismo sitio ya informaba 125 CUP por 1 MLC. La misma alza que ha tenido el euro, de 63.25 CUP por 1 EUR a inicios de mayo de 2021, a los 128 CUP por 1 EUR y subiendo, en igual fecha.

Las divisas que se compran en el mercado informal o adquiridas mediante remesas —casi siempre también informales— o por cualquier otra vía, se depositan en las cuentas MLC y son convertidas por el banco en pesos cubanos según la tasa de cambio, y recanjeadas automáticamente a USD, con cuyo valor funcionan las tarjetas MLC.

Asimismo, en la bolsa negra, se paga a alguien que ya tiene MLC en su tarjeta para que haga una transacción directa a la de uno o se pagan criptomonedas en sitios no legalizados en Cuba o divisas a agencias tampoco legales en la isla que transfieren entonces MLC.

Casi siempre todo underground, en canales de Telegram, grupos de Facebook o WhatsApp. Hoy mismo, en Facebook, una de esas agencias anunciaba que 130 USD transferidos a una cuenta en Estados Unidos por Zelle se traducían en 100 MLC transferidos a una tarjeta en Cuba.

Pero si ya existía una moneda nacional, ¿para qué crear otra? Las tiendas no estaban muy abastecidas y mucha gente se había agenciado de capital y/o visas para ir a otros países, donde compraban mercancías que revendían luego en Cuba, supliendo la amplia gama de productos faltantes. El Gobierno necesitaba ese dinero en territorio nacional, y se le ocurrió entonces abrir tiendas en MLC para el pueblo.

Inicialmente, estas tiendas solo iban a vender electrodomésticos. Sin embargo, el 2020 demostró lo que algunos ya sospechaban: el MLC y sus tiendas se expandían como una plaga. El 16 de julio de ese mismo año, el presidente designado, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, compareció en el programa televisivo Mesa Redonda, de trasmisión nacional, donde anunció que el lunes 20 de julio comenzarían a operar 72 tiendas en MLC; de las cuales, 57 venderían productos alimentarios y de aseo.

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El resto de los casi 5.000 puntos de venta no serían convertidos a esta nueva moneda. Según el ministro de Economía y Planificación, Alejandro Gil, las ganancias de las ventas de los productos de gama media y alta en las nuevas tiendas serían empleadas para suministrar mercancías de línea económica en los otros establecimientos.

Por su parte, Héctor Oroza Busutil —entonces presidente de las tiendas minoristas Cimex S.A.—, afirmó que serían priorizados en la línea económica los siguientes productos: leche en polvo, leche evaporada, quesos, yogurt, picadillo de res, hamburguesas, picadillo de pavo, pollo, salchichas, embutidos, aceite vegetal, puré de tomate, otras conservas de tomate, conservas cárnicas y de pescado, pastas alimenticias, granos, harina de trigo, café, azúcar, sal, cerveza, maltas y refrescos nacionales.

Sin embargo, pocos meses después, la cantidad de tiendas en MLC había aumentado a un número alarmante. Muchos establecimientos, antiguamente en CUP, eran cerrados por remodelación y reabiertos luego en MLC o en las reseñas en los medios de comunicación sobre la inauguración de nuevos sitios se podía leer la frase: “venderán productos solamente en MLC”.

Así, en menos de dos años, varias localidades a lo largo de toda Cuba, como el municipio de Cárdenas, en la provincia de Matanzas, se vieron inundadas de tiendas MLC, quedando prácticamente el pueblo sin otras opciones de compra. De tal modo, de medida transitoria para recuperar parte de una economía en crisis, al dolarizarse los mercados se convirtió en crisis en sí misma.

En octubre de 2020, ante esta situación, el activista Oscar Casanella caminó por todo el bulevar de San Rafael, en La Habana, con un cartel que decía “abajo las tiendas en MLC”. Oscar hacía una performance política; pero los órganos de la Seguridad del Estado lo vieron como una amenaza y fue detenido.

En ese momento, una sola persona alzaba la voz por muchos. Más tarde, en noviembre de ese mismo año, los acuartelados de San Isidro también demandaron el cierre de estas tiendas, entre otras cosas. Las voces de varios iban sumando las voces de muchos. Finalmente, en las protestas masivas del 11 de julio de 2021, entre las cosas que se pidieron estuvo la abolición de las tiendas MLC.

En varias localidades, las tiendas MLC fueron el objeto físico del descontento popular, de las quejas de todo un año entero, del cansancio del hambre, de la escasez; y, como espacio físico, fueron intervenidas.

Y es que al Estado-Gobierno se le ha ido de las manos el tema. Prácticamente obligados a comprar en estos comercios ante el brutal desabastecimiento en las tiendas CUP, las divisas y el MLC han contribuido a una inflación galopante que el propio Gobierno reconoció en 77% al cierre de 2021, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) de Cuba —mientras expertos no estatales, como Pedro Monreal o Pavel Vidal hablan de alrededor de 500%, incluyendo el mercado informal— y han provocado la devaluación del CUP, transfiriendo el Gobierno y el Banco Central de Cuba la responsabilidad económica y el riesgo cambiario a las familias en el exterior.

La propia ONEI refleja que los alimentos y bebidas no alcohólicas presentaron el mayor segundo incremento (36.3% anual) en el Índice de Precios al Consumidor (IPC).

Las cuentas no son difíciles. Moira, por ejemplo, solo tiene derecho a comprar una cantidad de pollo —no mayor a 5 kg— al mes en las tiendas CUP de su municipio, que será anotada además en la libreta de abastecimientos, por un precio cercano a los 250 CUP. Sin embargo, si comprara en las tiendas MLC, podría adquirir una caja de más de 20 kg todos los días si quisiera, o más de una caja diaria.

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Los 5 kg comprados en las tiendas CUP no le alcanzan para terminar el mes. ¿Cómo hace? Pues lo normal-anormal: pagar el MLC a como esté, en cuyo caso el mismo paquete de pollo le costará cerca de 1000 CUP; o pagarlo a los revendedores en 1200, hasta 1500 CUP. En resumen, la vida de los 4000 CUP de su salario estatal, se traduce a 4 paquetes de pollo o 32 MLC en el mercado informal.

No solo el suyo, sino el del 70% de los trabajadores en el sector estatal, agravando aún más la salud alimentaria de la población. Los revendedores han existido siempre. Solo que ahora muchos de ellos tienen acceso a las tiendas MLC y cosas tan básicas como un litro de aceite, que cuesta 50 CUP, lo revenden mínimo en 500 CUP, diez veces su costo. Pero ellos no son el problema, ni su causa; son apenas una expresión microeconómica de la realidad económica cubana.

Las doce. Las campanas, invariables, llaman al Angelus. Mira la ropa de salir a la calle de reojo, sin ganas de vestirse. Ya casi está: short, sandalias, blusa. Revisa la mochila: agua, carnet de identidad, libreta de abastecimientos, turno número 107, dinero, llaves, en ese orden. Así regresa a la tienda. Esta vez con Wagner, sin alas, caballos ni espadas; pero llena de fe.

Son casi las tres cuando finalmente entra. Apenas queda algo que llevar. No hay aceite, ni puré de tomate. Menos mal que compró esa libra de tomates naturales. Tendrá que cogerlos para cocinar en vez de comerlos como ensalada. El pollo se acabó unas diez personas antes que ella. Solo queda picadillo mixto y salchichas.

Los mira con tristeza. La carne molida no le gusta, nunca le ha gustado. Y para colmo la que ya tiene en casa tendrá que cocinarla con agua, sin aceite. La tendera, impaciente, le pregunta si los va a llevar. Tampoco es que pueda llevarse cuantos quiera, son dos paquetes de salchicha y dos tubos de picadillo por persona. Al final se decide y le dice que sí. Respira hondo y hace el camino de vuelta a casa.

Guarda el picadillo y los perros calientes en el congelador. Mucha gente estaría contenta de haber alcanzado esos productos. Lo sabe, está consciente de la suerte que ha tenido dentro de lo que pudo haber sido peor. Y he ahí el problema: pensar en lo que puede estar peor y no concentrarse en lo que está mal.

Antes de la Tarea Ordenamiento -la reforma con medidas económicas lanzada por el gobierno en diciembre de 2020- estaba en un grupo de WhatsApp en La Habana que habían creado dos hermanos que hacían colas en las tiendas y publicaban los productos que encontraban.

Si a una le interesaba algo se lo decía y ellos, por una comisión del 20% por encima del precio del producto lo compraban y lo llevaban hasta la casa cobrando aparte la…