cuáles son y por qué causan terror

cuáles son y por qué causan terror

Mientras el chico que acababa de apuñalar se desangraba en el suelo, Andrés pensó que eso no estaba tan mal, que después de todo era la justa retribución por el filo de botella de vidrio que le habían clavado a él en el cuello los de la otra banda aquella madrugada, durante una fiesta.

Andrés formaba parte, desde los 13, de los Ucera City, “la banda que creamos porque Ucera -el barrio del sur de la ciudad de Madrid donde él vivía- era un territorio muy disputado y éramos siempre agredidos”.

“Estuve cuatro años en la banda. Cometí cosas horrorosas”, confiesa hoy a Clarín Andrés, que ahora tiene 29.

Tan horrorosas y violentas como las que sufrió en carne propia y luego mandó a hacer a otros chicos Artur, de 35, que pasó 15 años entre los Latin Kings, la banda que nació en Chicago a mediados del siglo pasado y que se exportó en el 2000 a Madrid, donde reinó durante varios años y aún ejerce, aunque con perfil y volumen de pandilleros en baja.

“Cuando llegué a rey fue la desgracia total”, dice Artur sobre la organización en reinos de los Latin Kings, cuyo símbolo es una corona de cinco puntas.

Un enjambre de pandillas

“Se llega a rey porque fuiste violento, fuiste agresivo y demostraste que merecías esa corona -explica sobre cómo hizo carrera en el escalafón de su pandilla-. Dañando y lastimando a los demás, aunque no los conozcas.”

Así es la lógica que bombea adrenalina por las venas de las bandas latinas juveniles, un enjambre de pandillas territoriales violentas y delictivas que representan el fenómeno social más alarmante en la Comunidad de Madrid.

Andrés, en su época de pandillero. Comenzó a los 13 años. Foto: Gentileza vía Cézaro De Luca

Son los Dominicans Don’t Play (DDP), los Trinitarios, los Latin Kings, Los Ñetas.

La post-pandemia sumó, además, el surgimiento de las Latin Queens, una banda femenina, y la módica presencia en suelo madrileño de la mítica mara salvadoreña Salvatrucha.

El Ministerio del Interior contabiliza unos 600 grupos juveniles organizados y violentos en toda España. Pero Madrid es el territorio que más se disputan.

Las pandillas hoy representan el fenómeno social más alarmante en la Comunidad de Madrid. Foto: Cézaro De Luca

Las pandillas hoy representan el fenómeno social más alarmante en la Comunidad de Madrid. Foto: Cézaro De Luca

El gobierno de la comunidad autónoma madrileña convocó, en marzo de este año, a expertos de Guatemala, de Honduras y de El Salvador para que participaran en un curso organizado por el Instituto de Formación Integral en Seguridad y Emergencias que hizo foco en la prevención, la detección y la intervención policial ante las bandas organizadas y los grupos juveniles.

«La situación empeora»

“Llevamos 20 años con este problema en Madrid y la situación empeora”, explica a Clarín la antropóloga Katia Núñez, que lleva años investigando estas pandillas.

“Cuando empezó todo había muchos inmigrantes latinoamericanos, por eso se las llamó ‘bandas latinas’”, dice.

“En la década del ’80 se crean en las cárceles de Nueva York los Trinitarios, para darse apoyo entre los dominicanos que entraban en el sistema penitenciario y defenderse de los ataques de otros grupos carcelarios», amplía la antropóloga.

«Luego, el modelo se exporta a países de destino como España, a partir del 2000, cuando muchos de estos chicos son reagrupados por sus familias, que habían emigrado antes. Pero había de todo: marroquíes, rumanos, subsaharianos, españoles», explica.

Y agrega: «Ahora mismo hay muchos chavales autóctonos (es decir, españoles)”.

Los distritos calientes

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Núñez, de origen dominicano y casada con un español, estudia las bandas latinas desde 2015. Hoy dirige un proyecto de intervención integral e interdisciplinar con jóvenes para la prevención de la violencia en algunas zonas de la Comunidad de Madrid como Villaverde, Usera, Puente de Vallecas y Tetuán, distritos calientes en la disputa territorial de las bandas juveniles.

Polideportivo de Vallecas, en uno de los distritos calientes y disputados por las pandillas. Foto: Cézaro De Luca

Polideportivo de Vallecas, en uno de los distritos calientes y disputados por las pandillas. Foto: Cézaro De Luca

“No estamos hablando de la pandilla de amigos que se reúnen en el parque y que, de vez en cuando, hacen alguna trastada. Estamos hablando de bandas que tienen un origen internacional, que se han establecido aquí, y que están desempeñando sus actividades en la sociedad. Es preocupante porque delinquen y las edades de captación están disminuyendo cada vez más”, comenta a Clarín el pastor evangélico Alberto Díaz.

Desde el Centro de Ayuda Cristiano de Madrid, una iglesia evangélica que frecuentan más de 4.000 cristianos -la mayoría de origen latinoamericano-, el pastor Díaz coordina el proyecto Fuerza Joven, dirigido a recuperar y reinsertar a los ex integrantes de estas pandillas.

Conoce la problemática desde adentro: durante más de una década fue pastor en los Estados Unidos donde su hija estuvo a punto de ser captada por una banda.

Un negocio millonario

En Madrid, unos 2.500 jóvenes militan en estos grupos violentos que llegan a contar en sus manos con 9,6 millones de euros anuales, recolectados de las cuotas de pertenencia que pagan sus integrantes.

“En su inicio las bandas eran, en su gran mayoría, hijos de inmigrantes que, por problemas de integración, se han ido organizando e ingresaban a estas bandas. En la actualidad hay españoles de familias autóctonas. Jóvenes que vienen de países del Este de Europa, de Africa y también países latinoamericanos”, enumera Díaz.

Según el Segundo Observatorio de Bandas Latinas en la Comunidad de Madrid, que el Centro de Ayuda Cristiano realiza desde 2019, la mayor parte de los chicos que participan en bandas latinas -unos 1.200- tiene entre 14 y 18 años y debe aportar a sus líderes, para seguir perteneciendo al grupo, unos 20 euros semanales.

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El último informe del Observatorio, publicado en octubre de 2021, traza un perfil de quiénes integran estas agrupaciones y cómo son sus movimientos.

El siguiente grupo mayoritario de pandilleros lo integran los que tienen entre 19 y 25 años: representan unos 800, cuyas cuotas de pertenencia a la banda ascienden a 50 euros por semana, aunque se han registrado casos excepcionales de 200 y hasta 500 euros semanales, suma casi exclusivamente posible de conseguir, para ellos, a través de hurtos o robos.

Jóvenes en el Bulevar de Vallecas. Foto: Cézaro De Luca

Jóvenes en el Bulevar de Vallecas. Foto: Cézaro De Luca

Por último, las pandillas cuentan con unos 500 nenes de entre 11 y 13 años que aportan, cada uno, 5 euros semanales, casi siempre obtenidos, sin permiso, de la billetera de sus papás.

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“El importe de las cuotas de pertenencia se destina esencialmente a cuatro cometidos: organizar fiestas para fidelizar al colectivo, ayudar a los miembros con problemas o en prisión, para la compraventa de droga y para adquirir las armas”, señala el informe del Observatorio.

Sicarios menores de edad

El universo de las bandas latinas genera fascinación entre los más chicos que, motivados por las redes sociales, fingen ser integrantes de las pandillas que los consideran “bulteros” y hasta les hacen pagar “coimas” por hacerse pasar por integrantes de las bandas.

La policía advierte de esta tendencia a imitar a los miembros de las bandas latinas los pone en riego. “Es importante que los chavales sepan que colocar un corazón verde (trinitarios) o negro (DDP) en sus perfiles de redes sociales o grabar videos imitando sus gestos significa directamente que se están poniendo un blanco en el pecho”, aseguran.

Los sicarios menores de edad, sin embargo, se han convertido en la nueva y peligrosa estrategia de los líderes de las bandas latinas para cometer delitos: son los encargados de portar las armas en los enfrentamientos ya que, cuánto más cachorros son, menos posibilidades hay de que terminen en prisión.

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El papel de las redes sociales

“Las redes cumplen un rol fundamental. TikTok o Instagram son inmediatas y durante la pandemia, muchos chavalines empezaron a ver videos de las agrupaciones”, señala la antropóloga Núñez.

“Es una moda. Los más chicos lo están viendo por TikTok, por Instagram y les parece que ser parte de una banda es ser popular, quieren serlo, les parece que, si son pandilleros, todo el mundo en el barrio los va a respetar. Pero no conocen lo que sucede en una agrupación de este tipo. Realmente, cuando están adentro, se dan cuenta de que hay peleas, delincuencia, muerte”, agrega.

Andrés emigró a España de chico desde Ecuador. Foto: Gentileza vía Cézaro De Luca

Andrés emigró a España de chico desde Ecuador. Foto: Gentileza vía Cézaro De Luca

Andrés, que emigró de chico con su familia desde Ecuador, cuenta a Clarín su experiencia: “Me presentaron fiestas, mujeres, sexo, drogas, diversión y a través de ese engaño pensé que ésa era la vida que yo quería -recuerda-. Comencé a consumir con ellos desde una edad muy temprana. A los 13 años. Siempre consumíamos para poder hacer lo que había que hacer. Y lo más difícil que me tocó hacer fue apuñalar”.

Empezó llevándose los cuchillos de la cocina de casa. Y luego, cuando le dijeron que para pertenecer a la banda tenía que aportar dinero, no dudó en sacarlo a escondidas de la cartera de su mamá.

“Uno ve bastante sangre. Y eso te deja marcas, traumas”, reconoce Andrés que hoy está casado y aspira convertirse en pastor evangélico de su iglesia.

“En tres ocasiones estuve en coma etílico y me hospitalizaron -cuenta-. Cuando me apuñalaron en el cuello, la única persona que se preocupó por mí y me fue a visitar fue mi madre. Y cuando me detuvieron, estuve un año en una cárcel de menores. Nunca me fue a visitar ninguno de ellos. Sólo mi madre”.

La desesperación de haber tocado fondo en soledad y sin el respaldo de la banda a la que se había entregado lo hundió. “Entré en depresión, tenía alucinaciones. Debía consumir todas las noches para poder dormir”, cuenta.

“Pasé un infierno para poder salir de las bandas latinas -admite-. No es fácil salir de las bandas ni de los vicios. Uno recae. Y se necesita del apoyo de profesionales y de personas que ya habían salido de las bandas”. A veces, abandonar una pandilla tiene, además, un precio: 3.000 euros.

“Por aquí no pasas”

La antropóloga Núñez explica cómo funcionan estas agrupaciones: “El respeto se gana defendiendo su territorio. ‘Por aquí no pasas y si pasas, ya sabes lo que te puede pasar’ es el mensaje”.

En un fin de semana de febrero de este año, cuatro de siete apuñalamientos registrados por la Policía en la Comunidad de Madrid tuvieron como protagonistas a miembros de estos grupos.

En 2009, el asesinato de Isaac, un menor de 17 años conocido como el rapero Moren Black, disparó una ola de vendettas entre bandas que aún hoy continúa.

Aquella vez, a Isaac le dispararon en la nuca a la salida de una discoteca de la calle Orense de Madrid. El autor del disparo pertenecía a los Trinitarios.

A mediados de junio de este año, la Policía Nacional detuvo a tres menores de 15 y 16 años, posibles miembros de los Dominican Don’t Play (DDP), por machetear presuntamente a otro adolescente en la puerta de un colegio del barrio madrileño de Orcasur.

Por esos días, la Policía también había desmantelado en Alcalá de Henares la banda autodenomianda La Klika. Detuvo a ocho jóvenes, dos de ellos menores de edad, que se dedicaban a robar.

“Quería que me tuvieran miedo”

“Sufrí maltrato de pequeño y entonces lo que menos quería era volver a sufrir. Por eso, cuando entré en la banda, pensaba que todo iba a ser divertido. En vez de tenerle yo miedo a la gente, quería que me tuvieran miedo a mí”, cuenta Artur, que logró salir de los Latin Kings hace seis años, cuando su mamá lo acercó a la iglesia.

Porque “una vez que se hace el juramento, se considera que un chaval es ‘Trini’ o DDP o miembro de una banda para toda la vida”, dice la antropóloga Núñez.

“La única forma de alejarse es cuando tienes una familia, recién cuando tienes un hijo que mantener, te puedes correr. Puedes no llevar machete ni ir a reuniones, pero sigues siendo parte de ellos. No reniegas del grupo”, subraya.

Artur hizo de todo para convertirse en uno de los más temerarios de los Latin Kings.

El pastor evangélico Alberto Díaz y los recuperados Arturo y Carlos. Foto: Cézaro De Luca

El pastor evangélico Alberto Díaz y los recuperados Arturo y Carlos. Foto: Cézaro De Luca

“Llegar a rey, en mi caso, fue ser el jefe de un chapter (capítulo, en inglés) de 34 chicos. Yo mandaba a 34 chicos», cuenta Artur.

«Los mandaba a robar, a hacer vigilancia. Lo que a mí me hicieron desde el principio, yo lo mandaba a hacer», dice.

 Y explica: “Hay una jerarquía. Si a mí me decían que había que recolectar tanto dinero, había que hacerlo de…