De Pickups a Minivanes: Estado a la Ofensiva

Hace más de una década analicé las tendencias de seguridad ante lo que fue el grueso de una guerra frontal del Estado contra el crimen organizado.

En ese momento, la estrategia de combate frente a la clara presencia de grupos armados como Los Zetas, CDG y La Familia Michoacana incluyó una evolución dinámica que introdujo componentes tanto activos como pasivos.

Los elementos pasivos incluyeron el despliegue de fuerzas militares «significativas» para estabilizar áreas donde el estado había dejado de ser una autoridad y gobernaba el crimen organizado (o desorganizado).

En estas zonas, los matones operaron con impunidad al punto de establecer sus propios puestos de control y patrullas de vigilancia, cargando terreno y haciendo gala de su poderío bélico de manera flagrante. Llegaron a uniformar y marcar sus vehículos, principalmente camionetas, con las iniciales de las organizaciones criminales. Estos se convirtieron en su principal medio de transporte.

En definitiva, al no contar con una oposición creíble del Estado, actuaron como un macabro reemplazo de esa institución, ya que ocuparon territorio operando en flagrancia.

Como respuesta inicial, se materializaron grandes despliegues militares a través de puestos de control que funcionaban como filtros de seguridad en puntos estratégicos. En casos extremos, se crearon puestos, equipados con sistemas de mando y control, vehículos de logística militar como Humvees, e incluso carros blindados diseñados para la guerra convencional.

Este componente pasivo de fuerzas relativamente estáticas sirvió como elemento disuasorio para bloquear el ingreso de delincuentes a regiones clave o centros de población y para enviar un mensaje a los ciudadanos de que el estado estaba presente.

El elemento pasivo no fue suficiente para desmantelar la flagrante fuerza criminal, por lo que pronto se establecieron operaciones dirigidas por células de inteligencia militar, a veces encubiertas, para eliminar el liderazgo y las estructuras operativas del crimen organizado. Las fuerzas militares, ahora a la ofensiva, buscaron sumar camionetas a sus capacidades, ya que sus Humvees, con un límite de velocidad de 90 km/h, no pudieron alcanzar a los matones. Y luego se les unieron drones y helicópteros artillados.

El crimen organizado sufrió el deterioro de sus capacidades y sintió que pisaba la sombra, lo que los obligó a cambiar su modus operandi. Emigraron de una flagrancia palpable a buscar el anonimato operativo, menos agresivo. En algunos espacios esto se evidenció; por ejemplo, cambiando sus camionetas por minivans, que aparentaban ser vehículos familiares inofensivos y por lo tanto moderaban su actividad delictiva. Ese era un Estado preocupado, implicado y activo, un Estado a la ofensiva, en defensa de sus ciudadanos.

Todo parece indicar que las camionetas con la etiqueta narco, es decir, la mentalidad de flagrante delito, está de vuelta en varias zonas del país. Producto de la política de Abrazos y no Balas que tiene a las fuerzas del Estado operando más como cascos azules entre la delincuencia y la población, que como un Estado a la ofensiva.

POR ÍÑIGO GUEVARA MOYANO
DIRECTOR DE JANES INTELLIGENCE COMPANY Y ESTUDIO VISITANTE EN EL CONSEJO DEL ATLÁNTICO, WASHINGTON, DC

CAMARADA

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