Dos semanas de piquetes y caos polarizaron aún más a Ecuador

Dos semanas de piquetes y caos polarizaron aún más a Ecuador

Las calles volvieron a congestionarse en Quito, con un tránsito frenético en estas pequeñas calles coloniales que suben y bajan acompañando la geografía andina. Los fruteros regresaron con sus bolsas de naranjas y manzanas, y la oferta de helados multicolores en las aceras, aunque ahora son ofrecidos por empleados venezolanos atraídos por una economía dolarizada. La vida volvió a la capital ecuatoriana luego de 18 días de un paro general que paralizó al país y polarizó aún más a la sociedad ya dividido.

«Esto es una fiesta. Llevaba dos semanas sin poder trabajar. Los pocos días que lo hice, salí asustado. Ya está, se acabó», dice exultante Giovani, un turoperador que va entre la ira. por los recortes de los manifestantes y cierta «comprensión» de los reclamos del sector indígena. “Tienen motivos para protestar, pero no así. Me apedrearon el coche cuando quería trabajar”, ​​les reprocha.

Con más celeridad de la esperada, los ecuatorianos retomaron la normalidad con la ilusión de resarcir un poco las pérdidas ocasionadas por la movilización de las comunidades indígenas, agrupadas en la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie)quienes exigieron cambios en las políticas sociales ante el aumento del costo de vida.

Trabajadores municipales reparan las zonas dañadas por los enfrentamientos entre manifestantes y policías. (EFE)

En los accesos a la capital ecuatoriana aún se puede ver un limitado patrullaje preventivo por parte de la policía. Los refuerzos militares, que se habían desplegado en puntos clave, fueron retirados con cautela por el gobierno para calmar las cosas.

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En algunos lugares, solo quedan vallas amontonadas y asfalto ennegrecido por las fogatas de los manifestantes. En esta segunda quincena de junio, unos 12.000 indígenas colapsaron Quito para expresar su indignación con el gobierno del banquero Guillermo Lasso, a quien critican por la crisis económica que vive el país.

“La situación es mala. Pero querían el juicio político al presidente y yo no estaba de acuerdo porque iba a ser muy malo”, explica Jon, de 22 años, empleado de un restaurante camino al centro histórico. “Queremos trabajar. Ya estuve sentado un año por la pandemia, y ahora que empezaba a mejorar, teníamos paro”, se queja.

En el otro extremo, Unay defiende la protesta. “Era el momento, no había otro. Lleva más de un año gobernando y no hace nada. Si no saliéramos ahora no nos escucharían”, dice.

Anoche, tras la formalización del acuerdo que permitió el levantamiento de las medidas de fuerza, muchas personas salieron a manifestar su alegría por el fin del conflicto. Un sector indígena también celebró porque había logrado grandes concesiones del gobiernocomo bajar el precio de la gasolina, algo central en su exigua economía de pequeños productores agrícolas.

Pero otra comunidad continúa la batalla. Luego de la firma del convenio, en varios lugares se pudo escuchar «Iza traidora», un tiro directo al líder de la Conaie, Leónidas Iza, quien tuvo que enfrentar el descontento de sus bases por no haber continuado con las medidas de contundencia. El desgaste ya había carcomido la protesta, y no tenía mucho espacio.

Para muchos, esto no acaba aquí. “Lasso va a ser objeto de constantes ofensivas del correísmo -seguidores del expresidente Rafael Correa- y la oposición conspirativa. Como no ganaron en la vía institucional (falló el pedido de juicio político que habían presentado en el congreso) seguirán usando la calle y hasta con hechos de violencia”, explica. María Paz Jervisdecano de la Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la UISEK.

Ecuador se debate en una desigualdad descarada, marcada por décadas. Rica en petróleo, minería, agricultura y pesca, tiene al 32,2% de su población sumida en la pobreza. Ese sector, de casi 6 millones de personas, vive con apenas 2,80 dólares al día. Otros son peores :15 de cada 100 ecuatorianos sobreviven con solo 1,5 dólares diarios.

“Ecuador es un país muy complejo en su composición socioeconómica. Hay mucho racismo. Tenemos una élite muy provinciana, muy individualista, egoísta, donde el sector agrícola y el campesinado han estado relegados durante décadas. La composición de las grandes ciudades es excluyente”, destaca Jervis.

El politólogo destaca que “todo eso lo capitalizó muy bien el correísmo, mientras que en la derecha y el centro hubo una incapacidad para ver y leer esta situación”. “Ecuador tiene problemas profundos y es una pena ver que hay mucho odio en la interacción social. Ya no podemos hablar ni entre compañeros”, apunta.

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La polarización de la que habla Jervis se ve en la vida cotidiana. Las diferencias salen a flote cuando ahonda en el tema político. Un sector repudia a Lasso por ser banquero de las «políticas neoliberales» y apoya al correísmo, más afín a los sectores populares. Otro odia al correismo por considerarlo fuente de corrupción y autoritarismo.

Las conversaciones están permanentemente salpicadas de este desencuentro. Y, día a día, cada sector se retrae más en sus posiciones. Quienes reivindican a Correa, condenado por corrupción y preso en Bélgica, recuerdan las mejoras logradas con la seguridad social en salud, o la ampliación de la educación. Y culpan a los «pelucones» (ricos) de la crisis.

Los críticos de Correa, por su parte, Desglosan los hechos de corrupción en los que está involucrado el expresidente con la constructora Odebrecht, un control obsceno de los poderes del Estado y un despliegue excesivo de la narrativa política. Y sostienen que endeudó al país a pesar de los fuertes ingresos petroleros que disfrutaba su gobierno por el alto precio del barril de petróleo.

Uno y otro no aceptan cuestionamientos. Hay una defensa acérrima o un ataque irreverente. En esta sociedad de profundo mestizaje y exclusión, la sensatez y la razón se diluyen y la obstinación cobra fuerza.