el progresismo puede perder una histórica ventana de oportunidad

el progresismo puede perder una histórica ventana de oportunidad

Chile demuestra, una vez más, dos fenómenos políticos que se repiten circularmente en la historia: la tesis de la ventana de oportunidades, que una vez fue ampliamente desarrollada por John Kingdon, y la del comportamiento democrático “pendular”. Quizás ahí estén las dos posibles explicaciones para entender cómo el proceso transformador, iniciado en 2019, podría volver a cero el 4 de septiembre.

El escenario para las fuerzas progresistas chilenas, y para las expectativas que sus parientes en América Latina habían depositado en ellas, es desalentador. Todas las encuestas, sin excepción, independientemente de su afinidad política o grupo de control, reflejan que si el referéndum fuera este domingo ganaría el rechazo de la propuesta de una nueva Constitución.

La izquierda chilena estaría perdiendo así su ventana de oportunidad. Uno que les ofreció un terreno fértil, con una revuelta social y un diagnóstico común: Chile tuvo que avanzar hacia un nuevo modelo de desarrollo que garantizaría nuevos estándares de vida y dignidad, de la mano de las expectativas que generó en la sociedad el galopante desarrollo económico de los últimos 30 años.

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Sin embargo, lo que comenzó como un pedido de mejores beneficios de salud, educación y mejores pensiones, decantado en un proceso que avanzó hacia la plurinacionalidad, la eliminación del Senado, un sistema previsional incierto y un texto constituyente con un decálogo de derechos sociales plagado de adjetivos calificativos que parecen difíciles de alcanzar.

Los chilenos están preocupados por la economía y la inseguridad. Foto de Xinhua

Problemas

La ventana de oportunidad, basada en una Convención Constitucional mayoritariamente progresista, comenzó a desvanecerse. Fue empujado por un error de lectura: el diagnóstico fue común -avalado por el plebiscito de octubre de 2020-, pero las soluciones son tan diversas como los 18,5 millones de chilenos.

Así comenzó el movimiento pendular: no todos los chilenos están de acuerdo con una refundación. Los grupos mayoritarios se ven a sí mismos como moderadoss, que privilegian la búsqueda de acuerdos políticos y que reconocen, más allá de los problemas que toda sociedad enfrenta, que el desarrollo chileno de los últimos 30 años es una base y no una historia que debe ser borrada.

Pero la Convención Constituyente, en ese momento, ya estaba formada por grupos de independientes, de la órbita de izquierda, llenos de causas nobles, pero soluciones radicales. A esto sumaron una serie de conductas que hicieron que la sociedad les desconfiara y se desvincularan del proceso. Del uso de disfraces al uso de falsas enfermedades para ganar elecciones.

Tormenta perfecta

El cóctel perfecto se materializó en marzo. Con su llegada al gobierno, el presidente Gabriel Boric puso buena parte del éxito de su gestión en la aprobación de la nueva Constitución. Así, ancló su ventana de oportunidad a la de la Convención.

El gobierno no contó con la guerra en Ucrania y la inflación subsiguiente. Ni con los estragos en la seguridad interna que están dejando las bandas de delincuentes extranjeros que ingresaron por el desierto chileno durante los últimos dos años. Los ciudadanos comenzaron a sentir miedo en las calles e incertidumbre en su economía. La aprobación de Boric se desvaneció.

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Y así, derrotado Boric, desacreditada la Constituyente y aún sin resolver las urgencias que desencadenaron la revuelta, el péndulo osciló cada vez con más fuerza. Es que si bien Chile se repolitizó luego de tres décadas soporíferas, no estaba ideologizado.

El chileno volvió a hablar de política en su mesa, en el taxi o en los bares, pero sin trincheras. Volvió a sentir valor por la «cosa pública», pero no se casó con decálogos ni con libros de dogmas. Solo sigue sus emociones.

Las emociones hoy lo llevan a encontrar su voto de protesta en rechazo. Protesta contra la Convención; protesta contra el texto propuesto y su decálogo de soluciones; y protestar contra Gabriel Boric con su gobierno y sus traspiés.

Presa de su identitarismo, la izquierda chilena está cometiendo el mismo error que la izquierda del continente: una vez más, podría perder una ventana de oportunidad al no saber administrar el principio de progresividad y no hacer las concesiones necesarias para concretar sus objetivos. viable. .

PB