Las recientes declaraciones de Howard Lutnick, Secretario de Comercio de Estados Unidos, han sacudido la opinión pública y reavivado un debate crucial en nuestros tiempos: ¿Ha fracasado la globalización en Occidente? Las palabras de Lutnick han generado controversia al señalar que el proceso de liberalización comercial y deslocalización productiva ha dejado en desventaja a la industria y a los trabajadores norteamericanos, debilitando la cohesión económica y social del país.
Es importante destacar que, según Lutnick, el fracaso no radica en la globalización en sí, sino en la forma en que Estados Unidos la diseñó, interpretó y ejecutó. Durante décadas, Estados Unidos fue el principal arquitecto, promotor y beneficiario de la globalización, apostando por la reubicación de la producción industrial en países con costos laborales más bajos. Sin embargo, esta estrategia ha tenido consecuencias negativas en la base productiva del país y en su posición geopolítica.
Uno de los errores fundamentales fue subestimar el valor estratégico de la industria. Al deslocalizar masivamente la producción, Estados Unidos no solo exportó empleos, sino también conocimiento y aprendizaje. Mientras tanto, países receptores como China y el sudeste asiático han logrado escalar en sectores estratégicos y tecnológicos, liderando la industria en áreas clave como la electrónica y las energías renovables.
Además, el paradigma del libre comercio como garante de la paz ha sido cuestionado, ya que el mundo sigue marcado por tensiones geopolíticas. La dependencia de insumos estratégicos y la pérdida de autonomía en sectores sensibles han puesto en evidencia la fragilidad de un modelo que priorizaba la eficiencia financiera sobre la resiliencia productiva y estratégica.
En este contexto, Estados Unidos ha dado un giro hacia el industrialismo estratégico, promoviendo políticas de reindustrialización, subsidios estratégicos y defensa de sectores críticos. Este cambio de enfoque no implica un proteccionismo clásico, sino la búsqueda de una mayor soberanía y resiliencia económica.
En definitiva, el debate sobre la globalización no debe centrarse en si ha fracasado o no, sino en reconocer los errores de diseño que la han caracterizado. Es fundamental integrar el comercio dentro de una visión estratégica de país, donde la producción, el conocimiento y la geopolítica ocupen un lugar central. La globalización no ha fracasado, pero la idea de que podría funcionar sin un Estado fuerte, una industria sólida y una estrategia clara ha demostrado ser insostenible. Es hora de aprender de los errores del pasado y construir un futuro más equilibrado y sostenible para todos los países.








