la cultura tecnológica de la morbilidad y el odio

Suele pasar que si los propios fanáticos nos dan la opción, preferimos que River pierda, Boca que gane, aunque los colores que llevamos en el corazón son el azul y el dorado. E, inevitablemente, necesitamos expresarlo, por ejemplo, en TikTok. Exprimir espinillas y espinillas genera placer y curiosidad, como explica la Universidad de Columbia. Así, miles de videos adictivos están repletos de reproducciones sin fin que generan una sensación de logro y que nuestro cerebro procesa para producir dopamina y una sensación de gratificación inmediata.

Todos redujimos la velocidad en una ruta solo para ver el accidente, por otro lado, porque debemos averiguar si fue grave o no; si ve sangre o alguna mutilación. No podemos evitarlo. Es, por un lado, un cierto placer o alivio que esto no nos haya pasado y nos sintamos bien; y, por otro lado, empatizar con una persona en un momento dramático. Es simplemente una curiosidad primitiva.

En nuestro comportamiento diario distribuimos nuestra atención entre la vida real y nuestro teléfono celular, también llamado teléfono inteligente o teléfono inteligente – de hecho, mucho más que nosotros – entre las 3.5 aplicaciones que usamos intensivamente cada semana, pasando más tiempo conectados al Internet y las redes sociales que el promedio mundial.

Desbloqueamos nuestros teléfonos inteligentes hasta 240 veces al día, participando en promedio al menos 4.5 grupos de WhatsApp, un servicio de mensajería donde compartimos y consumimos videos que se vuelven “virales” en los que alguien muere, se estrella, es abusado, discriminado, asesinado o le ocurre cualquier tipo de tragedia.

Schopenhauer decía que tener envidia es humano y disfrutar de la desgracia ajena es diabólico. Porque definitivamente es posible disfrutar del dolor ajeno y eso es algo que vemos a menudo. Nos impresionó la forma en que se perpetra a diario el fenómeno del ciberacoso, demostrando cómo, desde muy temprana edad, las personas pueden llegar a disfrutar del sufrimiento ajeno.

La mayoría de las veces, cuando el ser humano está encantado con el sufrimiento de los demás, responde a un sentido de justicia. Es el sentimiento de que esa persona merece el sufrimiento que vive porque lo ha generado previamente en otros de alguna manera. Este deleite también surge cuando esta condición no es grave.

Es decir, necesitamos que la desgracia en el otro sea lo más leve posible para sentir placer. Lo que apreciamos básicamente es la falta de empatía, además de una clara frialdad emocional. Desafortunadamente, vemos este fenómeno con frecuencia en la política, la economía y permanentemente en las redes sociales; donde los usuarios aprecian el fracaso del otro sin medir la trascendencia, sin valorar el drama humano detrás de lo fatídico.

Mórbido se define como la tendencia a querer ver, oír, oler o hacer cosas que están socialmente prohibidas, consciente o inconscientemente. Buscar aquello que viole las normas sociales.

Tiene que ver con lo prohibido, porque al no poder hacer ciertas cosas se enciende el deseo. En este sentido, las redes sociales actúan como un catalizador, que unido a la sensación de que en comunión con nuestro dispositivo todo es posible, incluso proyectan este deseo.

Es común ver en las redes sociales que amigos, familiares, conocidos y no tan conocidos o famosos publican diariamente en plataformas como Instagram, Facebook o Tik Tok: almuerzos, experiencias extremas, lo que comieron, una playa, un viaje, trabajo. o estudiar … ¿Por qué la gente comparte lo que hace casi como una necesidad?

Cuando alguien publica una fotografía, la comunicación que realiza no es solo para decir que estuvo en ese lugar por información, sino que esa persona busca ser aceptada entre sus seguidores, y esto se logra a través de los gustos.

El interés por conseguir más me gusta suele llevar a realizar fotografías que pueden sorprender a la audiencia, lo que puede estimular un uso “irreflexivo” de las plataformas. Por ello, la importancia del uso consciente es fundamental para evitar producir consecuencias nocivas o que puedan afectar el bienestar de las personas.

Twitter, a diferencia de otras plataformas como Instagram, es mucho más tóxico. Las plataformas audiovisuales tienen un carácter más amigable que las plataformas textuales y, si bien Twitter ha integrado imágenes y videos en los últimos años, nació como una red social eminentemente textual que es algo que impresiona a cierto personaje.

La ubicuidad conduce a la inmediatez y, a menudo, a la irracionalidad, que a menudo conduce a intervenciones irreflexivas, viscerales y empáticas. Los que odian o odian, los amantes del conflicto y el acoso se sienten en su salsa. Las redes sociales generan una especie de “bucle” producto del efecto de saturación, por lo que un usuario debe ser cada vez más transgresor para generar la misma atención.

En nuestro trabajo diario detectamos que, ante los abusos en las redes sociales, las opciones de denuncia son ineficaces para frenarlos. Para medir el fenómeno, 1 de cada 6 mujeres y niñas que utilizan Facebook, Instagram, Twitter y Tik Tok fueron atacadas.

No es la tecnología la que produce este tipo de acciones, está más relacionado con cómo nos estamos educando y cuáles son las oportunidades de acceso a una formación adecuada, dentro y fuera de las escuelas. Tiene que ver con la cultura del individualismo, el consumo, el éxito, por encima de los valores más básicos. Debemos anticiparnos y trabajar en la educación.

Gabriel Zurdo es CEO de BTR Consulting, especialista en ciberseguridad, riesgo tecnológico y negocios.

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