la lucha de una mujer y su esposa para rescatar afganos hacia Estados Unidos

Los soldados estadounidenses en Afganistán los llamaban “los chicos de Caroline”. Transformaron las granjas de una zona de guerra, arriesgando su vida por el programa que ella había organizado, compartiendo su fe en que algo tan simple como los manzanos podía cambiar el mundo.

Esos afganos, que tenían formación universitaria, ayudaron a transformar las tierras de una región del este de Afganistán, sobre explotada, castigada por la sequía y empobrecida, en verdes jardines y huertos que todavía hoy alimentan a las familias locales.

Entretanto, los doce especialistas agrícolas, todos hombres afganos tradicionales, formaron un vínculo profundo e inesperado con su jefa, una mujer estadounidense que trabajaba como asesora del Departamento de Agricultura de Estados Unidos en la región desde hacía dos años.

Salvarlos uno por uno

Ahora Caroline Clarin intenta salvarlos uno por uno, haciéndolo todo desde un establecimiento rural de Minnesota de 1910 que comparte con su esposa y sacando fondos de su jubilación para ayudar a un grupo de hombres que comparten su amor por la agricultura.

Desde 2017, Clarin ha ayudado a que cinco de sus antiguos empleados y sus familias lleguen a EE.UU., mientras que su esposa los ha ayudado a reconstruir su vida en el país.

Desde que los talibanes tomaron el poder en agosto, los mensajes de texto de los que quedaron atrás se han vuelto más urgentes, y Clarin dice que puede “sentir cómo crece el pánico” conforme se acerca el invierno y se agrava la escasez de alimentos.

Fotos de una mujer afgana que busca huir de Afganistán aguardan en el escritorio de Caroline. Foto: AP

Clarin ha intensificado sus esfuerzos, trabajando interminables horas, haciendo un seguimiento diligente de sus solicitudes de visa. Llama a los senadores para que presionen para que estas no se demoren como las miles de solicitudes que se acumulan en el sistema para rescatar a los afganos que apoyaron al gobierno de EE.UU. durante la larga guerra.

La mueve el temor de que su equipo sea asesinado por los talibanes, aunque el nuevo gobierno ha prometido no tomar represalias contra los afganos que ayudaron a EE.UU. También quiere darles un futuro.

Desde que las fuerzas estadounidenses se retiraron, más de 70.000 afganos han llegado a EE.UU. y miles languidecen en las bases militares estadounidenses mientras los organismos de reasentamiento tienen dificultades para estar al día.

Clarin sabe que no puede salvar a todos, pero está decidida a ayudar a todos los que pueda.

Una familia de afganos instalados en Minnesota, gracias a Caroline. Foto: AP

Una familia de afganos instalados en Minnesota, gracias a Caroline. Foto: AP

Después de salir de Afganistán en 2011, la consumía la rabia por el hecho de que su programa fuera desarticulado conforme cambiaban las prioridades del gobierno estadounidense.

“Cuando subí al avión, fue como dejar a mi familia en el helipuerto”, dijo. “Sentía que los había abandonado”.

El más reciente de sus amigos en escapar fue Ihsanullah Patan, un horticultor que esperó siete años para obtener una visa especial de inmigrante.

Después de que le enviara un mensaje de texto diciendo que dos de sus amigos cercanos acababan de ser asesinados, Clarin retiró 6.000 dólares de un fondo de jubilación para que él y su familia abordaran un vuelo comercial a Minnesota antes de que los talibanes tomaran el control del país este verano.

Cuando Clarin los recogió en el aeropuerto de Minneapolis a medianoche para emprender el viaje de tres horas de regreso a Fergus Falls, desbordaba de alegría.

“Fue como si un hijo volviera a casa”, dijo.

Azafrán y almendras

Patan llegó a Minnesota con azafrán, almendras afganas y 5 kilos de té verde afgano para compartir. También les regaló a Clarin y su esposa, Sheril Raymond, semillas de puerros tiernos de Afganistán para su huerta.

Clarin y su esposa, Sheril Raymond. Foto: AP

Clarin y su esposa, Sheril Raymond. Foto: AP

Fue el primer miembro que se incorporó al equipo de Clarin después que ésta fuera enviada a la provincia de Paktika. Patan, un joven universitario seguro de sí mismo, expuso lo que se necesitaba en la región. Eso se convertiría en la base de su programa: semillas, árboles y conocimientos para sembrar jardines y huertos.

Patan considera que Clarin y su mujer son su familia. Sus tres hijos y su hija las llaman “tías”.

De hecho, ha decidido vivir en la cercana Fergus Falls, un pequeña ciudad de 14.000 habitantes, en lugar de trasladarse a una ciudad más grande con una comunidad de trasplantados afganos.

En el paisaje de la ciudad, que está rodeada de tierras de cultivo que se extienden hasta la frontera con Dakota del Norte, predominan los elevadores de granos y se distinguen las agujas de la iglesia luterana de Belén, reflejo de las raíces escandinavas de la región.

Sala Patan, 9,camina con sus hermanos para tomar el micro escolar. Foto: AP

Sala Patan, 9,camina con sus hermanos para tomar el micro escolar. Foto: AP

La única familia afgana de la ciudad fuera de la suya es la de su primo. Sami Massoodi, licenciado en gestión ganadera, también trabajó para el equipo de Clarin en Afganistán y llegó en 2017. Él y su familia vivían en una granja antes de establecerse en Fergus Falls.

“En Fergus Falls hay gente muy buena, muy amable”, dice Patan mientras conduce su minivan por las calles arboladas para recoger a su hija de 5 años del local donde se ofrece un programa de Head Start.

Es un lugar en el que los vecinos hacen visitas sin previo aviso para saludar y la gente saluda al director de correos por su nombre. También es un lugar de republicanos acérrimos. Fergus Falls es la capital administrativa del condado de Otter Tail, que votó dos veces por el ex presidente Donald Trump.

Pero los habitantes del pueblo dicen que las amistades y la familia son más importantes que las opiniones políticas, y hay una gran empatía por la lucha de los inmigrantes, ya que los padres, abuelos o bisabuelos de muchas personas vinieron de Noruega, Suecia y Dinamarca.

El sol cae sobre la granja de Caroline Clarin, en Dalton. Foto: AP

El sol cae sobre la granja de Caroline Clarin, en Dalton. Foto: AP

A sólo unos meses de su llegada, la familia Patan ya se siente como en casa, en gran parte gracias a Raymond.

Los ayudó a inscribir a sus hijos en la escuela, a encontrar un dentista para la muela infectada de Sala, de 9 años, y a obtener un seguro de auto para Patan, algo que era nuevo para el hombre de 35 años.

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Consiguió clases de inglés y servicios estaduales y federales para los nuevos inmigrantes. Llevó a Patan en un viaje en auto de una hora hasta el centro de exámenes más cercano para que obtuviera el registro de conductor.

Después de desaprobarlo dos veces porque su inglés no era lo suficientemente bueno, preguntó si había un examen en su lengua materna, el pastún, como en Virginia y California. No lo había. Así que Raymond encontró un lugar, a otra hora de distancia, que le permitiera revisar sus errores. En el tercer intento, aprobó.

Clarin consiguió una oveja en craigslist para el festival musulmán del Eid, mientras Raymond miraba videos en YouTube sobre cómo sacrificar animales según los principios halal, ya que el carnicero halal más cercano está a una hora de distancia, en Fargo, Dakota del Norte.

Para Patan, ellas han sido un consuelo en un lugar extraño.

Caroline Clarin y Sheril Raymond, en su sala, junto a sus perros. Foto: AP

Caroline Clarin y Sheril Raymond, en su sala, junto a sus perros. Foto: AP

“Cuando vamos a su casa, nos sentimos como si hubiéramos ido a Afganistán y fuéramos a encontrarnos con nuestros parientes cercanos”, dijo.

Añora su tierra natal, las fiestas familiares. La mujer de Patan sigue preparando los platos tradicionales, como el Bolani Afghani, un pan plano frito y relleno de verduras que Clarin disfrutaba con él en Afganistán.

Allí, Patan y su equipo eran los que la ayudaban a sentirse como en casa.

Fue el tiempo más largo que ella y Raymond habían estado separadas desde que empezaron a salir en 1988.

Raymond, que cuida de las gallinas, los cerdos y otros animales de la granja, hacía videollamadas a menudo y seguía conectada incluso después de que Clarin se hubiera dormido.

En agosto de 2013, dos años después de que Clarin regresara, se casaron cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo se legalizó en Minnesota.

Sheril Raymond y Caroline Clarin se casaron cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo se legalizó en Minnesota. Foto: AP

Sheril Raymond y Caroline Clarin se casaron cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo se legalizó en Minnesota. Foto: AP

La homosexualidad sigue considerándose tabú y algo indecente en Afganistán, donde las relaciones entre personas del mismo sexo son ilegales.

Sin embargo, ninguna de las familias afganas ha preguntado por su matrimonio ni ha expresado un juicio, según la pareja.

Patan las llama sus “hermanas”.

“Les tenemos mucho respeto”, dijo.

La agricultura, el hilo conductor

Tanto Clarin como Patan hablan con pasión de la agricultura, describiendo en detalle cómo conseguir una buena cosecha de manzanas y alejar las plagas.

Clarin consiguió que el ejército estadounidense llevara a su equipo en convoyes a zonas alejadas para formar a los agricultores, capacitando a los afganos para que se enseñaran unos a otros sus habilidades.

Revestían los canales para garantizar la limpieza del agua. Trabajaban con los agricultores para plantar árboles y construir barreras de piedra para controlar las inundaciones. Distribuyeron semillas a 1.200 familias, que desde entonces las han compartido con más personas.

El programa formó a unos 5.000 agricultores en Paktika entre 2009 y 2011. Proporcionaron a los agricultores invernaderos, manzanos, equipos de poda y pequeñas subvenciones. Les mostraron soluciones tangibles, como el uso de baldes con líneas de goteo para regar los jardines y conservar el agua.

Los talibanes trataron de sabotear la confianza que habían logrado con los agricultores, dijo Clarin. Una vez, un explosivo estalló en un balde rojo como los que utilizaban para el riego.

Patan sigue en contacto con algunos de los agricultores de Paktika y muestra con orgullo fotos en su iPhone de los diminutos tallos que distribuyó y que ahora son árboles de varios metros de altura. Un agricultor le envió un mensaje de texto para decirle que su cosecha está alimentando a su familia, mientras que millones de personas en el país pasan hambre.

Eso le da cierto consuelo después de ver cómo su tierra natal caía en manos de los talibanes. Lo hace sentirse bien que su trabajo haya dejado algo duradero y que “la gente pueda seguir beneficiándose con él. Educamos a una generación y esos padres se lo contarán a sus hijos”.

Patan echa de menos su carrera en Afganistán. La mayoría de los empleadores estadounidenses no reconocen los títulos de las universidades afganas, por lo que tiene previsto volver a estudiar para obtener un título estadounidense.

De momento, se está formando para ser conductor de camiones comerciales, un campo repleto de oportunidades: había 21 ofertas de trabajo en la zona cuando empezó sus clases este mes.

Quiere que le asignen una ruta local para estar cerca de casa, pero su trabajo seguirá siendo un reto para la familia. Su mujer, Sediqa, no habla inglés, no sabe leer ni escribir y se siente incómoda si tiene que salir sola.

Tampoco conduce.

Cuando empezó a aprender inglés por internet, estaba en la “zona cero”, dice su profesora, Sara Sundberg, del Minnesota State Community and Technical College.

“Cuando llegó, no sabía qué hacer con un lápiz. Tuvimos que enseñarle. Lo sujetaba como si fuera un tubo de henna”, dice Sundberg, juntando el pulgar y el índice con fuerza, como si apretara algo.

Cinco meses después, su letra es “meticulosa” y su pronunciación es excelente, dice Sundberg. Incluso está aprendiendo a decir Minnesota con la “oooo” larga.

“Le estoy enseñando a comunicarse con la comunidad y quiero que la gente la entienda”, dijo Sundberg. “Todo es nuevo para ella”.

Sediqa poco a poco va ganando confianza para hablar con su profesora, pero con los demás se mantiene en silencio, sonríe y permanece atrás con sus hijos.

Todo es nuevo también para sus hijos. Los hijos varones de Patan se hicieron amigos de un niño vecino y saltaron por primera vez en una cama elástica.

Su hijo mayor, Maiwan, decoró su primera calabaza, mientras que sus dos hijos menores se vistieron con trajes tradicionales afganos porque sus maestros les dijeron que el viernes antes de Halloween los niños podían “disfrazarse”, algo que se perdió en la traducción pero que pasó inadvertido cuando los otros niños les mostraron emocionados sus disfraces.

Están deseando pasar los fines de semana con sus “tías” en la granja.

En un cálido sábado de octubre, Clarin trotaba junto a Maiwan, de 12 años, que conducía un pequeño tractor, mientras Ali y su hermano de 9 años, Sala, escarbaban la tierra en busca de lombrices con sus…