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La pelea invisible de la Tigresa Acuña para empujar el nacimiento del boxeo femenino en Argentina

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Cuando Alfredo Le Pera escribió en 1934 aquello de “sentir que es un soplo la vida, que 20 años no es nada”, a casi nadie se ocurría que una mujer pudiera calzarse un par de guantes y subir a un ring. Mucho tiempo debió pasar para que se reglamentara el boxeo femenino en el país: el 25 de marzo de 2001 quedó marcado para siempre en el calendario deportivo nacional. Veinte años han transcurrido desde entonces. Veinte años que fueron mucho más que nada, en los que Argentina consagró a 32 campeonas mundiales profesionales y a tres medallistas en campeonatos ecuménicos amateur. Pero llegar a aquella fecha fundacional para el pugilismo no fue tarea sencilla ni breve.

Más allá de alguna exhibición protagonizada por Elvecia Cheppi en 1926 en Tres Arroyos y reconstruida por el periodista Julio Ernesto Vila en su libro El boxeo y yo, la historia del boxeo femenino nacional reconoce como punto de partida la pelea que Marcela Acuña perdió por puntos ante Christy Martin el 5 de diciembre de 1997 en el anfiteatro de Pompano Beach, 60 kilómetros al norte de Miami. Aquel fue el primer combate rentado en el que participó una pugilista argentina. Y se gestó en un estudio de televisión.

La Tigresa tenía 20 años en diciembre de 1996, cuando decidió abandonar el full contact (la disciplina que había empezado a practicar a los 7 y de la que era campeona sudamericana desde los 14) para probar suerte en el boxeo. Un detalle nada menor se interponía entre la formoseña y su objetivo: la actividad, legalizada para los hombres desde 1924 (tras 32 años de prohibición en la Capital Federal), no estaba reglamentada para las mujeres.

La primera claraboya, diminuta, se abrió a principios de septiembre de 1997, cuando Christy Martin, ícono planetario de este deporte, viajó a Buenos Aires para promocionar el boxeo femenino. El sábado 6 de ese mes, la estadounidense estuvo en el club All Boys presenciando la velada en la que el cordobés José Rafael Sosa venció al dominicano Rafael Torres por el título latino mosca de la OMB. Allí también asistió Acuña, quien logró acercarse a la campeona y saludarla.

Marcela Acuña, pionera del boxeo en Argentina.

Marcela Acuña, pionera del boxeo en Argentina.

Apenas 48 horas después estaba cara a cara con la mujer que le servía como inspiración: la habían convocado para hacer una exhibición con Martin en el programa “Mediodía con Mauro”, que conducía Mauro Viale y se emitía por América. “Me invitaron porque era la única que andaba dando vueltas por las radios y los canales de televisión diciendo que quería boxear”, admite la Tigresa.

En un rudimentario ring montado en el estudio se hizo una improvisada sesión de guanteo. Lo que se había planteado como una exhibición de baja intensidad terminó con un fuerte intercambio de golpes y con la visitante indignada y con la nariz sangrante. Unos días después, Claudio González, el empresario que había traído a Martin a Buenos Aires, ofreció a Acuña una bolsa de 5.000 dólares para viajar a Estados Unidos a enfrentar a la pionera. Pese a que jamás había hecho una pelea de boxeo, ella aceptó.

Después de prepararse tres meses en Buenos Aires y aumentar 10 kilos, la formoseña hizo un buen papel, se repuso de una caída en el 10° round, terminó escuchando las tarjetas ante una rival que había logrado 26 de sus 33 victorias por nocaut y se llevó las felicitaciones de Don King.

Acuña volvió al país con el reconocimiento no solo del promotor de la velada, sino también de algunos medios que empezaban a hacerse eco de esta novedad. También trajo en su valija una copia del reglamento de la Comisión Estatal de Boxeo de Florida. Con ese documento se presentó en la sede de la Federación Argentina de Boxeo para abrir el debate. En esos días se reunió por primera vez con Osvaldo Bisbal, presidente de la FAB.

“Los dimes y diretes con Marcela Acuña comenzaron dos años y pico antes de que llegáramos a la reglamentación”, recuerda Bisbal, quien asegura que por entonces ya era partidario de la aprobación de la actividad y que debió pujar con la oposición de otros dirigentes y de periodistas especializados. “No había argumentos para sostener la prohibición. Yo siempre quise que se aprobara, pero no estaba dispuesto a hacerlo en dos días porque teníamos que elaborar un buen reglamento”, explica.

La parsimonia del dirigente a veces chocaba con el apuro de la Tigresa, que seguía entrenándose sin que la posibilidad de combatir en el país apareciera en su horizonte. Por eso decidió viajar otra vez: en septiembre de 1998 volvió a Estados Unidos para enfrentar a la invicta Lucia Rijker, ex campeona mundial de kickboxing, quien había interpretado a Billie The Blue Bear, la última rival de Maggie Fitzgerald (Hilary Swank) en la película Million Dollar Baby, dirigida y protagonizada Clint Eastwood. La holandesa se impuso por nocaut en el quinto asalto.

Unos meses después de aquella segunda experiencia, Acuña y Ramón Chaparro, su esposo y entrenador, tomaron una decisión que, a la larga, torcería el rumbo de sus vidas: vendieron su casa en el barrio República Argentina de la capital formoseña, una moto y algunos muebles, y se mudaron a Ezeiza (luego se trasladarían a Remedios de Escalada) junto con Maximiliano (6 años) y Josué (4), los dos hijos de la pareja.

“En 1997 y 1998 habíamos viajado algunas veces a Buenos Aires para saber cómo venía la reglamentación y me había dado cuenta de que las cosas no iban ni para un lado ni para el otro, el tema estaba dormido. La mejor opción era venir a vivir acá y tratar de ir una vez por semana a la FAB para ver cómo seguía el trámite y presionar”, sostiene la multicampeona. Bisbal, en tanto, asegura que “nunca hubo una guerra” con la formoseña, sino un trabajo sinérgico entre ambos: “Ella se reunió conmigo, conversamos, le expliqué la situación y desde entonces ella colaboró mucho con nosotros. Fue la líder en esto”.

Marcela Acuña junto a su esposo y entrenador, Ramón Chaparro, durante una sesión de entrenamiento.

Marcela Acuña junto a su esposo y entrenador, Ramón Chaparro, durante una sesión de entrenamiento.

Mientras el rostro y la voz de la Tigresa empezaban a ganar espacio en los medios, un movimiento incipiente y subterráneo comenzaba a acompañarla silenciosamente: pequeños grupos de mujeres desembarcaban en gimnasios de Buenos Aires y de otras ciudades del país para practicar boxeo.

Una de esas mujeres era Valeria Poldy Saldaño, hija mayor del legendario wélter tucumano Horacio Agustín Saldaño. Había empezado a entrenarse a los 18 años con Víctor Mastronardi en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y de allí había pasado al gimnasio ubicado en el subsuelo del andén 14 de la estación ferroviaria de Constitución, donde trabajaba con Ramón La Cruz, ex rival y entrenador de su padre. Unos meses después la siguió Carolina, su hermana menor.

Poldy Saldaño comenzó a boxear a los 18 años, cuando la actividad todavía no estaba reglamentada en el país.

Poldy Saldaño comenzó a boxear a los 18 años, cuando la actividad todavía no estaba reglamentada en el país.

“En Constitución empecé a aprender de verdad porque el ritmo de entrenamiento era otro. Y empecé a hacer guantes con chicos porque no había chicas”, cuenta Poldy desde Fuengirola, donde está radicada desde hace 16 años. De las sesiones de guanteo pasó a las exhibiciones en distintos puntos del país, aunque la falta de una reglamentación daba lugar a que se produjeran situaciones bastante irregulares. “Una vez hice una pelea con la Guapa (María del Carmen) Montiel y ella me llevaba como 10 kilos”, asegura. Por entonces, su sueño de representar al país en una competencia internacional parecía una quimera.

El 19 de febrero de 1999, la mayor de las hermanas Saldaño envió una nota a la FAB para solicitar una licencia amateur. La respuesta negativa llegó 12 días después: en ella se argumentaba que la Federación carecía “de la norma reglamentaria debidamente aprobada para la práctica del boxeo por parte de personas del sexo femenino” y que eso hacía que “la practicante no cuente con la debida seguridad”.

El organismo recordaba que solo 12 de los 196 países afiliados a la Asociación Internacional de Boxeo Amateur (AIBA) habían reglamentado el boxeo femenino y alegaba que ello se debía a “las tremendas dificultades legales, organizativas, de infraestructura, de control, de seguridad que los países del mundo entero encuentran en esa instrumentación”.

Ante el rechazo, Poldy presentó una nota en el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (Inadi) para exponer su situación. En su búsqueda iba recogiendo adhesiones y apoyos. “El camino de las mujeres para lograr la real igualdad recién ha comenzado, pero las primeras tendrán la satisfacción de abrir la brecha para sus hermanas”, decía la nota que en julio de 2000 le hizo llegar la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina, presidida por Lidia Soto, miembro del Tribunal Oral Nº 3 de San Martín.

Poldy Saldaño solicitó una licencia de boxeadora amateur en febrero de 1999, pero la FAB rechazó su pedido.

Poldy Saldaño solicitó una licencia de boxeadora amateur en febrero de 1999, pero la FAB rechazó su pedido.

Según Bisbal, el principal motivo de dudas para avanzar en la legislación era el daño que podrían ocasionar los golpes en las mamas de las boxeadoras. “La AIBA estaba realizando estudios. Nosotros consultamos a especialistas médicos y nos tomamos dos años para hacer nuestro reglamento porque queríamos aprovechar toda la información que pudiéramos colectar de organismos internacionales para tener una buena base”, argumenta el dirigente.

Después de meses de espera, trabajo e incertidumbre, la FAB convocó a una conferencia de prensa para el viernes 23 de marzo de 2001. A las 19.20, Bisbal anunció la reglamentación del boxeo femenino, que habilitaba a las mujeres a solicitar licencias como amateur o como profesionales, y también a utilizar el gimnasio del organismo rector del pugilismo nacional, en Almagro. En el cuerpo normativo se establecieron como requisitos obligatorios el uso de protector pectoral (en el país todavía no había empresas que fabricaran esos implementos) y la presentación de un test de embarazo negativo 48 horas antes de cada pelea.

Dos días más tarde, Marcela Acuña recibió la licencia número uno. Debido a eso, cada 25 de marzo se celebra el Día de la Mujer Boxeadora. Para la Tigresa, el verdadero trabajo comenzaba entonces. “Llegaba el momento de pelear, de demostrar y de convencer. Habíamos convencido a la dirigencia de la FAB y a algunos medios, pero faltaba convencer a una gran parte de la sociedad sobre el porqué del boxeo femenino. Sabía que iba a ser un trabajo muy difícil, incluso más que el de la reglamentación”, admite.

El primer combate amateur autorizado por la FAB fue el 30 de marzo en el Gimnasio Municipal de Santa María (Catamarca), donde Nadia Sánchez venció por puntos a Nancy Burgos en categoría pluma. El estreno profesional, que tendría como protagonista a Acuña, se pautó para el 21 de abril, pero la velada organizada por el promotor Mario Arano debió postergarse una semana por exigencias de la Comisión Municipal de Box de la ciudad de Buenos Aires.

En los papeles, el duelo entre la Tigresa y la estadounidense Jamillia Lawrence era apenas uno de los cinco que servían como complemento en la cartelera que tenía como pelea de fondo la que protagonizarían el cordobés Ariel Nistal y el nigeriano Daniel Attah, eliminatoria al título superpluma de la OMB. Pero toda la atención terminó posándose sobre la formoseña. “Están todos pendientes de las chicas. Para mí es mejor, me saca presión”, reconoció Nistal la tarde del pesaje.

El 28 de abril de 2001, 1.400 espectadores y una cantidad inusual de periodistas se acercaron hasta el estadio de la FAB para ver aquello que nunca había ocurrido en el país: un combate profesional entre mujeres. “Yo no estaba pasando desapercibida y eso ya era una batalla ganada. Muchas mujeres me decían que se sentían identificadas conmigo, que teníamos que ponernos de pie y trabajar por nuestros sueños. Había un cambio de chip en las mujeres”, asegura Acuña.

Esa noche, en un duelo a cuatro rounds y encuadrado en la división pluma, la pionera del boxeo femenino argentino, de 24 años, consiguió su primer triunfo al superar por puntos en decisión dividida a Lawrence, de 31 años, que había realizado 11 peleas rentadas en su país (7 victorias, 3 derrotas y 1 sin decisión).

El árbitro Luis Guzmán le levanta el brazo derecho y Marcela Acuña festeja su primera victoria profesional en el país junto a sus hijos Maximiliano y Josué.

El árbitro Luis Guzmán le levanta el brazo derecho y Marcela Acuña festeja su primera victoria profesional en el país junto a sus hijos Maximiliano y Josué.

“Ella era muy buena, venía muy fogueada y se notaba su experiencia -reconoce la vencedora-. Yo llevaba casi dos años sin competir, pero mi corazón era muy grande y eso me ayudó a ganar. Fue una pelea ardua e intensa. Obviamente no salieron todas las cosas que habíamos planeado, pero fue una buena pelea”.

La reglamentación de la actividad en el país también abrió la puerta para que Argentina tuviera representación en el primer Campeonato Mundial Femenino de la AIBA que se llevaría a cabo en Scranton (Estados Unidos) entre el 27 de noviembre y el 2 de diciembre de 2001. Las elegidas para integrar ese primer seleccionado fueron las hermanas Saldaño, quienes se prepararon en el gimnasio de la FAB bajo las órdenes de Héctor Morales.

“No querían que coincidiéramos las mujeres y los hombres en el gimnasio. Pensaban que eso podía afectar el trabajo porque los hombres iban a estar mirando a las mujeres. Así que nos dejaban usarlo en las últimas horas del día, cuando ya no había nadie”, recuerda Poldy, quien enfatiza que nunca sufrió discriminación de parte de un compañero: “Sí, al principio, de algún dirigente, pero jamás de un boxeador. Todo lo contrario, ellos siempre nos apoyaron”.

Con dos meses de entrenamiento, pero sin haber podido hacer siquiera una pelea en el país por falta de rivales, las Saldaño intervinieron en el certamen del que participaron 125 púgiles de 30 naciones. Carolina perdió en la primera ronda de la categoría hasta 54 kilos con la canadiense Wendy Broad. Poldy venció a la china Li Bo en su debut en la división de los 51 kilos y luego cayó ante la canadiense Tammy DeLaforest. “Yo estaba feliz. Ya había cumplido un sueño”, resalta. En octubre del año siguiente, las hermanas también integraron el seleccionado que participó en el segundo Campeonato Mundial, en Antalya (Turquía), en el que Paola Casalinuovo logró la medalla de bronce en la categoría hasta 71 kilos.

Diez meses después de la reglamentación de la actividad, el boxeo argentino consagró a su primera campeona nacional profesional. Fue Acuña, por supuesto: obtuvo el cinturón pluma al noquear en apenas 14 segundos a la bonaerense Patricia Alejandra Quirico, que esa noche en la FAB debutaba como profesional a los 40 años. La Tigresa también fue la primera campeona mundial nacida en el país: consiguió la faja supergallo de la Asociación Internacional de Boxeo Femenino (WIBA) el 6 de diciembre de 2003 con su victoria ante la panameña Damaris Pinock Ortega en el Luna Park. Fue la primera de sus siete peleas en el coliseo de Corrientes y Bouchard (las ganó todas).

Marcela Acuña fue la primera boxeadora argentina que obtuvo un título mundial profesional.

Marcela Acuña fue la primera boxeadora argentina que obtuvo un título mundial profesional.

A Acuña la siguieron otras 31 mujeres que también consiguieron títulos mundiales en estos 20 años (ocho son campeonas en la actualidad). En esos éxitos, Osvaldo Bisbal ve un motivo de reivindicación de la labor que se hizo antes de llegar a la legalización de la actividad: “El tiempo me dio la razón. El boxeo femenino argentino creció muy fuerte de entrada en base a un buen trabajo y un buen reglamento que nos llevó a obtener grandes logros. Argentina es hoy una plaza muy fuerte para los organismos internacionales por calidad y por cantidad”.

Después de sus dos participaciones en Mundiales de la AIBA, Poldy Saldaño dejó de boxear en 2004, al igual que a su hermana Carolina, cuando el seleccionado entró en un compás de espera. En 2005 viajó a España con la idea de probar suerte durante un mes y terminó quedándose, aunque alejada de los cuadriláteros. Volvió a la actividad en 2015 para representar al seleccionado español. Para ello debió bajar 10 kilos en tres meses.

Poldy Saldaño se consagró campeona nacional de España en 2015, tras una década de inactividad.

Poldy Saldaño se consagró campeona nacional de España en 2015, tras una década de inactividad.

Su primera pelea tras una década de parate fue el 8 de mayo con la campeona olímpica Nicola Adams (“Era como una Mayweather en pequeñito”, asegura). Perdió, pero dejó una muy buena imagen. Tres semanas después, se consagró campeona nacional en la categoría hasta 51 kilos, lo que la proyectaba para participar en el Campeonato Europeo clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, pero la Federación Española de Boxeo optó por otra pugilista. Entonces colgó definitivamente los guantes.

Para Acuña, boxear todavía se conjuga en presente. Con 44 años, seis títulos mundiales y 58 peleas profesionales, la Tigresa todavía tiene cuerda y quiere aprovechar su último año como deportista para agigantar su legado. Cuando mira hacia atrás y repasa, orgullosa, el camino transitado, no lo duda: “Si tuviera otra vida, haría exactamente lo mismo que hice porque esta es mi pasión y es lo que le dio sentido a mi vida”.

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