La raíz de la miseria en Haití

La raíz de la miseria en Haití

Dondón, Haití – Adrienne Present se adentra en el bosque raleado junto a su casa y arranca los primeros frutos de café de la temporada, que brillan como bolitas rojas en sus manos.

La cosecha comenzó.

Cada mañana, enciende un fuego con carbón en el piso de su casa en la oscuridad. La electricidad nunca llegó a su parcela del norte de Haití.

Prepara una olla de agua, traída de la fuente más cercana: un manantial de montaña que llega hasta el campo de un agricultor. Luego añade el café que secó, tostó y molió con un gran mortero llamado pilón, como le enseñaron de niña.

El café es el eje de la vida en este lugar desde hace casi tres siglos, desde que los esclavos sembraron las primeras plantaciones francesas de café en las laderas de las montañas.

Por aquel entonces, esto no era Haití, sino Saint-Domingue, el mayor proveedor del café y el azúcar que se consumía en las cocinas parisinas y en las cafeterías de Hamburgo (Alemania). La colonia hizo fabulosamente ricas a muchas familias francesas. También fue, según muchos historiadores, la más brutal del mundo.

Adrienne Present prepara café temprano en la mañana en su casa, que carece de electricidad, en Dondon, Haití. Foto: Federico Ríos/The New York Times

La primera revolución de esclavos

Los antepasados de los actuales haitianos pusieron fin a todo eso, participando en la primera revolución de esclavos que tuvo éxito en el mundo moderno en 1791 y estableciendo una nación independiente en 1804, décadas antes de que Gran Bretaña prohibiera la esclavitud o de que estallara la Guerra Civil en Estados Unidos.

Pero durante generaciones después de la independencia, los haitianos se vieron obligados a pagar indemnizaciones a los descendientes de sus antiguos amos esclavistas, entre ellos la emperatriz de Brasil, el yerno del emperador ruso Nicolás I, el último canciller imperial de Alemania y Gastón de Galliffet, el general francés conocido como el «carnicero de la Comuna» por aplastar una insurrección en París en 1871.

Esos pagos continuaron hasta bien entrado el siglo XX. La riqueza que los antepasados de Present extrajeron de la tierra reportó pingües ganancias al banco francés que ayudó a financiar la Torre Eiffel, el Crédit Industriel et Commercial, y a sus inversores. Controlaron el tesoro de Haití desde París durante décadas, y el banco acabó formando parte de uno de los mayores conglomerados financieros de Europa.

Las riquezas de Haití también atrajeron a Wall Street, proporcionando grandes márgenes a la institución que finalmente se convirtió en Citigroup.

Sin embargo, la mayoría de los caficultores de la zona de Haití de Present nunca tuvieron agua corriente ni pozos sépticos. Tienen toscas letrinas y cocinan su diri ak pwa -arroz y porotos – en fogatas.

Entregan sus cosechas de café a lomo de caballos flacos con monturas de hojas de palma y riendas de cuerda o llevan las cargas sobre la cabeza para transportarlas a pie durante kilómetros por caminos de tierra.

Muchos, como el marido de Present, Jean Pierrelus Valcin, no saben leer, ya que nunca se «sentaron en un banco de escuela», como dice el refrán criollo haitiano.

Los seis hijos de la pareja empezaron a asistir a clases, pero ninguno terminó, dadas las elevadas tarifas que se cobran en Haití, donde la mayor parte de la educación es privada porque el país nunca construyó más que un minúsculo sistema de escuelas públicas.

«Aquí no hay nada», dice Valcin, que está perdiendo la vista pero no puede permitirse consultar a un especialista. «Nuestros hijos tienen que salir del país para encontrar trabajo».

Utilizó un término que se oye a menudo en Haití: mizè. Más que pobreza, significa miseria.

Violencia, tragedia, hambre, subdesarrollo. Estas palabras clave se asocian a Haití desde hace más de un siglo. Secuestros, brotes, terremotos. El presidente asesinado, esta vez en su dormitorio.

¿Cómo es posible, se preguntan muchos, que Haití comparta una isla con República Dominicana, con su sistema de subterráneos, su cobertura de salud, sus escuelas públicas, sus rebosantes centros turísticos y sus impresionantes períodos de crecimiento económico?

Mapa de Haití

La corrupción es la explicación habitual, y no sin razón: los líderes de Haití han saqueado históricamente el país para su propio beneficio; los legisladores han hablado abiertamente en la radio sobre la aceptación de sobornos; y los oligarcas dirigen monopolios lucrativos, pagando pocos impuestos. Transparencia Internacional la ubica entre las naciones más corruptas del mundo.

Pagar por la libertad, en efectivo

Pero hay otra historia que rara vez se enseña o se reconoce: el primer pueblo del mundo moderno que se liberó de la esclavitud y creó su propia nación se vio obligado a pagar por su libertad una vez más, en efectivo.

Los haitianos tenían muchos motivos para alarmarse. Dos décadas antes, Napoleón había intentado destruirlos, enviando una de las mayores expediciones de buques de guerra jamás desplegadas por Francia, con su cuñado al mando. Los haitianos ganaron y declararon la independencia. Napoleón perdió más tropas que en Waterloo y se retiró.

Pero los ricos colonos franceses siguieron presionando para reconquistar el territorio y encontraron oídos comprensivos cuando la monarquía borbónica volvió al poder. Un ministro de la marina, antiguo colono y destacado defensor de la esclavitud, llegó a redactar un nuevo plan para volver a someter a los haitianos a la esclavitud o «aplastarlos» con un ejército aún mayor.

No se podía esperar que ningún país saliera en defensa de Haití. Las potencias mundiales le habían dado la espalda y se negaban a reconocer oficialmente su independencia. Los legisladores estadounidenses, en particular, no querían que las personas esclavizadas de su propio país se inspiraran en la autoliberación de Haití y se levantaran.

Así que el presidente de Haití, ansioso por contar con el comercio y la seguridad que ofrecía el reconocimiento internacional, se plegó a las exigencias de Francia. Con ello, Haití sentó otro precedente: se convirtió en el primer y único país del mundo en el que los descendientes de personas esclavizadas pagaron indemnizaciones a los descendientes de sus amos durante generaciones.

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A menudo a esto se le da el nombre de «deuda de la independencia». Pero es una denominación equivocada. Fue un rescate.

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El monto estaba muy por encima de los escasos medios de Haití. Incluso la primera cuota representaba unas seis veces los ingresos del gobierno en ese año, según los recibos oficiales documentados por el historiador haitiano del siglo XIX Beaubrun Ardouin.

Pero ese era el objetivo y parte del plan. El rey francés había encomendado al barón una segunda misión: asegurarse de que la antigua colonia obtuviera un préstamo de los nuevos bancos franceses para realizar los pagos.

Esto se conoció como la «doble deuda» de Haití -el rescate y el préstamo para pagarlo-, una carga impresionante que dio impulso al incipiente sistema bancario internacional parisino y ayudó a cimentar el camino de Haití hacia la pobreza y el subdesarrollo. Según los registros de Ardouin, solamente las comisiones de los banqueros superaron los ingresos totales del gobierno haitiano en ese año.

Y eso fue sólo el principio. La doble deuda contribuyó a empujar a Haití a un ciclo de endeudamiento que fue un lastre para el país durante más de cien años, drenando gran parte de sus ingresos y mermando su capacidad para construir las instituciones e infraestructuras esenciales de una nación independiente.

Generaciones después de que los esclavos se rebelaran y crearan la primera nación negra libre de América, sus hijos se vieron obligados a trabajar, a veces por poco o ningún salario, en beneficio de otros, primero los franceses, luego los estadounidenses y después sus propios dictadores.

Cap-Haitien, Haití, que alguna vez rebosó de tal riqueza que fue conocida como la "París de las Antillas". Foto: Federico Ríos/The New York Times

Cap-Haitien, Haití, que alguna vez rebosó de tal riqueza que fue conocida como la «París de las Antillas». Foto: Federico Ríos/The New York Times

Dos siglos después de que los buques de guerra franceses hicieran sonar sus cañones aterradores desde los muelles de Puerto Príncipe (Haití) para celebrar la deuda, los ecos de ese momento todavía resuenan por el país en los barrios marginales, los hospitales desnudos, las carreteras en ruinas y los estómagos vacíos, incluso en el campo, alguna vez considerado el más redituable y productivo del mundo.

«Este era un país pobre que siempre estuvo empobrecido tras 300 años de explotación«, dijo Cedieu Joseph por encima del zumbido de las cigarras en su huerta de café de Dondón, la ciudad del norte de Haití donde vive Present.

Dirige una cooperativa de café que lleva el nombre de un héroe revolucionario haitiano de la zona y dice que la llamada deuda de independencia es como un látigo moderno, esgrimido por Francia para castigar a su antigua colonia por querer la libertad y obtenerla.

«Los esclavos lucharon por nuestra independencia», dijo. «Hacerles pagar de nuevo esa independencia fue establecer otra forma de esclavitud».

Desde entonces, la doble deuda en gran medida se ha perdido en la historia. Francia la minimizó, distorsionó o enterró repetidamente. Sólo unos pocos estudiosos la investigaron en profundidad. Según los historiadores, nunca se hizo un recuento detallado de lo que pagaron los haitianos.

Incluso en Haití, los debates sobre su efecto en la economía, el desarrollo y el destino político del país continúan hoy en día.

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The New York Times pasó meses estudiando miles de páginas de documentos originales del gobierno, algunos de ellos con siglos de antigüedad y rara vez, o nunca, revisados por historiadores. El Times recorrió bibliotecas y archivos de Haití, Francia y Estados Unidos para estudiar la doble deuda y su efecto financiero y político en Haití.

En lo que los principales historiadores consideran una primicia, el Times contabilizó cuánto dinero pagaron los haitianos a las familias de sus antiguos amos y a los bancos e inversores franceses que otorgaron ese primer préstamo a Haití, no sólo en los pagos oficiales del gobierno sobre la doble deuda, sino también en los intereses y las tasas por mora, año tras año, durante décadas.

El Times descubrió que los haitianos pagaron unos 560 millones de dólares a valor actual.

Pero eso no refleja ni de lejos las verdaderas pérdidas. Si ese dinero hubiera permanecido en la economía haitiana y hubiera crecido al ritmo real de la nación durante los últimos dos siglos -en lugar de ser enviado a Francia, sin que se proveyera ningún bien o servicio a cambio- habría añadido la asombrosa cifra de 21.000 millones de dólares a Haití a lo largo del tiempo, incluso teniendo en cuenta su notoria corrupción y despilfarro.

En perspectiva, esa cifra es mucho más grande que toda la economía de Haití en 2020.

El Times compartió sus resultados y análisis con quince economistas e historiadores financieros que estudian las economías en desarrollo y cómo la deuda pública afecta su crecimiento.

Todos, excepto uno, estuvieron de acuerdo con nuestra estimación de 21.000 millones de dólares, dijeron que estaba dentro del rango de posibilidades o la consideraron conservadora. Unos pocos sugirieron otras formas de modelización, que en su mayoría mostraban pérdidas mucho mayores a largo plazo para Haití.

La razón es sencilla: si el dinero no se hubiera entregado a los antiguos propietarios de esclavos de Haití, no habría quedado en manos de los cafeteros, lavanderas, albañiles y otros que lo ganaron. Se habría gastado en comercios, en educación o en honorarios médicos.

Habría ayudado a las empresas a crecer o a crear otras nuevas. Parte del dinero habría ido a parar al gobierno, posiblemente incluso para construir puentes, cloacas y sistemas de agua corriente.

Ese gasto se amortiza con el tiempo, impulsando el crecimiento económico de un país. Es imposible saber con certeza cómo habría sido la economía de Haití y, dado el historial de actuar en provecho propio de los funcionarios, algunos historiadores dicen que las necesidades de los agricultores pobres de lugares como Dondón nunca habrían sido prioritarias de todos modos.

Pero otros sostienen que, sin la carga de la doble deuda, Haití podría haber crecido al mismo ritmo que sus vecinos de toda América Latina.

«No hay ninguna razón por la que un Haití libre de la carga francesa no hubiera podido hacerlo», dijo el historiador financiero Victor Bulmer-Thomas, que estudia las economías de la región. André A. Hofman, experto en el desarrollo económico de América Latina, también…