Los mítines dan fotos… no votos

La humanidad en «pensamiento, palabra, obra y omisión» es el resultado de la gestión de las inseguridades personales. El riesgo aparece cuando, lejos de ser una gestión privada, los líderes y/o gobernantes las convierten en políticas públicas o actos de gobierno. los La marcha del 27 de noviembre es un ejemplo.

Nadie, ni siquiera el conservador más extremo, duda del liderazgo del presidente López Obrador ni en su capacidad de movilización ni arraigada en todos los niveles de «clasismo» posibles.

Ni su aprobación ni su capacidad de operación política la necesitaban. Sucedió porque, fiel a su naturaleza, necesitaba capturar el evento en fotos, mientras recordaba a todos y todas que él es el gobierno y la oposición. Ha sido antes de ser ungido constitucionalmente y será después.

La política mexicana, aunque en transformación a un nuevo régimen, sigue respondiendo a las máximas de quienes han personificado al Estado. Hace unos días, un extraordinario amigo me compartió una frase que escuchó directamente de Fidel Velázquez: “Los mítines dan fotos… no votos”.

Error de cálculo en los tiempos de la política que claudia sheinbaum ha dado cifras de la marcha del movimiento al que pertenece y que fue Martí Batres quien dio las correspondientes al 13 de noviembre. Si lo hubieran hecho de la misma forma y publicado cifras realistas respecto #INENoSeToca El dato de 1,2 millones de asistentes a la marcha de la transformación sería, además de contundente, inclusivo. El primero da poder, el segundo vota.

Morena tiene y tendrá bastante para ganar en 2024. El reto no está ahí sino en saber jugar con los términos de la inclusión social-ciudadana y no confundir disconformidad con ciertas creencias o ideas, con oposición a su gobierno o al presidente. De lo contrario, la sensación de que se está construyendo una dictadura, sea o no cierta, aumentará y comenzará a jugar en la delgada línea donde la percepción se convierte en realidad.

A esto hay que agregar algo que parece innecesario a la luz de la Constitución, pero es necesario para el régimen, la constante insistencia en el discurso de que el presidente es maderista y dice no a la reelección. También, la continua búsqueda del pleno poder para volver al gobernante.

No debe pasar desapercibido que una vez más el Presidente expresa su oposición a la autonomía de los órganos de gobierno y que ordena a quien lo suceda ejecutar en ese sentido. Lo hizo con la energía, lo hace con los órganos autónomos.

El período constitucional de López Obrador termina en 2024, los hechos hasta el momento indican que su injerencia en el gobierno no ha terminado. Puede que no tengan los votos para hacer cambios constitucionales, pero el capital político es suficiente para seguir imponiendo la agenda y el régimen que está construyendo.

Los próximos dos años Morena tiene el reto de convertir “la foto en votos” y para ello necesita incluir y omitir ejercer acciones de gobierno basadas en inseguridades.

La única lección trascendental para Morena de la marcha del 13 de noviembre y de la conversación que generó en las redes sociales es que la oposición o disconformidad sobre un tema en particular y la defensa de la democracia pueden convertirse en verdadera oposición al gobierno.

Morena podrá seguir imponiendo la agenda, pero no es lo mismo hacerlo en un ambiente de aprobación que en uno de polarización. Allí ponen en riesgo la transformación y el régimen. Después de 2024, ¿lo lograrán?

POR ÓSCAR SANDOVAL SÁENZ
CONSULTOR, SOCIO DE 27 PIVOT
[email protected]
@OSANDOVALSAENZ

MAÍZ

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