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jueves, abril 22, 2021

retrato del ex capitán que hoy defiende a los empresarios y al que acusan de “macrismo explícito”.

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Oscar Ruggeri camina por los jardines del estudio de ESPN, en Martínez. Acaba de terminar su participación en el programa F90, una tertulia de fútbol conducida por Sebastián Vignolo. Hace calor, y para almorzar el Cabezón se saca la camisa y se pone una remera liviana. De muy buen humor saluda respetando los protocolos: da un golpecito con el puño derecho. A los 59 años luce fibroso y en peso, como cuando se empujaba en el área con el alemán Rummenigge o el brasileño Careca. A su lado, con una camiseta de Estudiantes, se sienta su hijo Stephan.

“Yo ya hice mi carrera y me fue bastante bien…”, dice. “Pero, como tengo hijos y nietos, estoy pensando qué país les vamos a dejar. Por eso hablo de otros temas, más allá del fútbol”.

Casado con Nancy Otero desde 1988, la pareja tuvo cuatro hijos: Daiana, de 30; Candela, de 28; y los mellizos Stephan y Federica, de 24. “Mis nietos, Milo y Roma, de 6 y 3 años, son hijos de Daiana, mi hija mayor”, describe con orgullo.

-¿A qué se dedican tus hijos?

-A Candela la viste en la tele… Y junto con sus dos hermanas también lleva adelante un emprendimiento. Se llama Ruggeri bags y se dedican a diseñar carteras. Les está yendo muy bien. Mi hijo, que también jugó al fútbol, me ayuda con mis actividades. Y ahora recibió propuestas de trabajo en seguros. Mis cuatro hijos saben que tienen que trabajar.

Si este hombre alto y de aspecto duro era, en sus tiempos de jugador y capitán de la Selección Argentina, “la voz del vestuario”, desde que devino panelista se transformó, del modo básico y sin sutilezas en que la televisión construye estos fenómenos, en una especie de “voz del pueblo” (o una parte de él): su defensa de los jubilados, de las clases presenciales, de las mujeres que sufren violencia de género y de Diego Maradona levantaron el rating, se viralizaron y se reproducen en los portales de todo el país y en muchos internacionales.

Una de sus últimas grandes intervenciones fue en contra de los privilegios en la vacunación contra el coronavirus. “No puede ser que se hayan vacunado intendentes, diputados y senadores de 40 años, y mi mamá, de 87, todavía no. ¡Está encerrada desde hace un año en Corral de Bustos! ¡Debería darles vergüenza, ventajeros!”, disparó furioso mirando a cámara.

La familia Ruggeri, en la presentación de su línea de carteras.

El comentario fue trending topic. Y tuvo otro mérito: Ruggeri lo dijo una semana antes de que se conociera el vacunatorio vip montado en el ministerio de Salud. Cuando finalmente estalló el escándalo mayor luego de la confesión del periodista Horacio Verbitsky, la voz crítica de Ruggeri se reprodujo en fervorosos posteos de opositores y recibió el desprecio, con el mismo fervor, de oficialistas.

Antes de eso, con similar enojo, había apuntado a temas diversos pero siempre calientes:

1) Los diputados: “Ilumínense. Cuando se juntan, en lugar de quedarse dormidos o mostrarse con una mina arriba, generen trabajo”, 

2) La falta de clases: “Que los chicos vuelvan a la escuela, no es lo mismo cursar por zoom…”.

3) La violencia de género: “Los que les pegan a las pibas son unos cobardes de mierda”.

4) Juan Grabois: “Dijo que los que protestaron estaban todos en un Audi o un Mercedes Benz. Yo tengo una Ram. ¿Cuál es el problema? ¡Me rompí el orto 20 años!”

Por posturas así los kirchneristas lo empezaron a considerar un verdadero antagonista “neoliberal”, un “gorila” que no hace otra cosa que “macrismo explícito”. Un enviado del imperialismo.

Pero Oscar no se amilana y sube la apuesta. Defiende al “ciudadano de a pie”, a los “sectores acomodados” y, también, al contrario de aquellos que prefieren la comodidad de lo políticamente correcto, a los “empresarios exitosos”. La contracara de quien fuera su amigo, Diego Maradona, para el que Macri era casi una mala palabra, y prefería los palcos junto a Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Ruggeri, en cambio, plantea: “A los empresarios que les va bien, el Gobierno les debería decir: ‘No te vayas del país, quedate. Y dales trabajo a otras 20 personas… Vos hacé eso y nosotros vemos cómo nos arreglamos para sacarte algún impuesto’”.

El equipo campeón en México 86.

El equipo campeón en México 86.

Para estar al tanto de la actualidad, control remoto mediante, Oscar mira “noticieros”. Y repite: “No me gusta la grieta. El día que un presidente nos saque adelante, me voy a poner de pie en el programa y lo voy a aplaudir, sea del partido que sea, de izquierda, de derecha, del centro… Al principio de la pandemia me entusiasmé cuando vi al presidente junto a Larreta y a Kiciloff… Y lo dije al aire: ¡me encanta ver esa foto! Pero no duró nada”.

Ruggeri es, por qué no, un pensador autónomo, sin coach ni asesor de imagen. Alguien que transita el camino inverso del militante, con aversión por todo lo que sea obediencia orgánica.

Y como ha ocurrido con otros deportistas de primera línea, le propusieron sumarse a un espacio político, más precisamente, al frente Despertar, liderado por José Luis Espert. Es más, en la página de Facebook de esta agrupación, se anunció: “Ruggeri se suma a Despertar”. Pero no había nada confirmado. El Cabezón no quiere que lo “encasillen”. “A mí me gusta la libertad, decir lo que pienso…”.

-¿Tuviste algún problema por tus opiniones?

-Sí. Cada vez que declaro me investiga la AFIP, con el gobierno de Macri, con el otro… ¿Por qué no persiguen a los que tienen que perseguir? No me gusta que cacen en el zoológico…

A su manera, Ruggeri exige las prestaciones básicas y patalea por lo que considera injusto. ¿Pero dónde formó esa conciencia social? Algunas pistas hay que buscarlas en sus comienzos como futbolista profesional.  “Yo siempre peleé por los pibes… Me lo enseñaron los jugadores más grandes en el Boca de 1980: Suñé, Pernía, Gatti… Cuando hablaban con los dirigentes, ellos me decían: ‘Vos vení, escuchá, no pidas nada. Lo hacemos nosotros’”.

El Cabezón copió ese modelo y lo replicó en los clubes donde siguió su carrera: River, Logroñés, Real Madrid, San Lorenzo, Vélez… “Yo ya tenía un nombre. Y cobraba siempre. Entonces, si veía que a alguno de los jugadores más chicos no le pagaban, iba a ver al presidente del club y le decía: ‘Este chico no cobró. Páguele a él primero, yo puedo esperar’”.

Años atrás, Ruggeri también le pidió a la AFA que les diera “pensiones” a los “campeones del mundo”. “Sí, me fui a pelear con Grondona”.

Y a fin de 2020 replicó la actitud, esta vez en su rol de figura de la televisión e integrante de un grupo de periodistas en ESPN. “Cuando cambiamos de canal con el programa (se emitía por Fox Sports), esperé a que firmara su contrato todo el equipo y, recién ahí firmé yo”.

No menos acicalado que Ruggeri, su compañero en F90 Cholo Sottile lo conoce bien. Y aporta una hipótesis interesante: “El Cabezón va a ser siempre el gran capitán, en el ámbito que sea”.

“Cuando Oscar habla de temas ajenos al fútbol, lo hace como catarsis, sin jugar para nadie… Lo único que quiere es que al país le vaya mejor”.

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Ahora es lunes, poco más de la una de la tarde. En los estudios de ESPN, Ruggeri se sienta a la izquierda de Vignolo. De saco celeste, el Cabezón no se maquilla. Como si estuviera en la playa, sólo se pone manteca de cacao en los labios. El tema del día es la goleada 7-1 de Boca frente a Vélez. Ruggeri tiene tanta autoridad que se suma a la charla sin haber visto el partido. “¿Cómo que no lo viste, Oscar?”, le pregunta Vignolo, entre risas. “No, me aburro…”, responde sin sonrojarse. “Lo veo ahora, cuando la producción repite las jugadas… Me fui al río, al Delta, a navegar…”.

Con buen timing para el gag, Ruggeri es la figura del ciclo. Su personaje se apoya en: 1) Opinión. 2) Anécdotas. 3) Postura “anti Brasil”, por “folclore futbolero” y no por chauvinismo. 4) Enemistad con la tecnología. 5) Enemistad con el idioma inglés: no le hablen de “brunch”, ni de “bonus track…”.

“El programa sigue un orden. Y el desorden se lo permitimos a Oscar. Es nuestro Maradona: arranca para el lado que tenga ganas”, suma Sottile.

“Es muy bueno el 1-2 que Ruggeri hace con el Pollo…”, define el Gallego López, uno de los productores del envío “Yo los bauticé Olmedo y Portales. El Pollo sabe cómo sacar el mejor Ruggeri. Es más, se ubica en la segunda posición: hace de Portales para que Olmedo remate todos los chistes”.

Además de “capitán”, Sottile sostiene que Ruggeri sigue siendo “el mismo líder positivo del fútbol de los años ’80 y ’90: es el primero que llega al estudio, el que te pregunta cómo anda tu familia…”.

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A esta altura, la pregunta inevitable es: ¿por qué su discurso televisivo trasciende si no dice nada original, si muchas veces sólo repite lugares o ideas comunes? La respuesta hay que buscarla en cuestiones intangibles, del orden de la credibilidad de quien conecta más por lo que transmite que por lo que dice. Lo explican sus mismos admiradores: por su “honestidad”, por su “transparencia”, porque “tiene huevos” y, justamente, “porque es el primero en reconocer que no sabe nada”.

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Ruggeri se crió en Corral de Bustos, al sur de Córdoba. Su papá, Natalio, era camionero. “Llevaba piedras al norte… No lo veíamos por dos o tres meses”, contó él alguna vez.

“Mis dos hermanos mayores y yo crecimos con mi mamá. Nos daba unas palizas bárbaras… Hoy le agradezco esa rigidez. Y la entiendo: estaba sola con tres varones… No me dejó ir a bailar hasta los 16 años”.

Antes de dedicarse al fútbol tuvo otro trabajo: “Era cobrador, en bicicleta, de la óptica Ferrari. Les cobraba las cuotas a los clientes y me daban el 10 por ciento. Con eso, mis hermanos compraban artículos de limpieza, los metían en bolsitas de nylon y los vendían por la calle”.

En el equipo de Corralense, Ruggeri sobresalía como marcador central. Lo llevaron “en un Rastrojero” a probarse en Boca. Quedó. “En 1979, con la plata de mi pase, Corralense le puso los azulejos a la pileta del club”.

Oscar vivía en La Candela, el viejo complejo que Boca tenía en La Matanza. Y cursaba el quinto año del secundario en una “escuela nocturna” de Ciudadela. “Era la condición que habían puesto en mi casa para que me dejaran venir a Buenos Aires”.

En 1980, con 18 años, debutó en Primera. Al año siguiente salió campeón.

“Con la plata de los premios”, describió en El Gráfico, se compró su primer departamento, en Lomas del Mirador, “calle Villegas 195”. Y un auto. “Era un Taunus modelo 81, cero kilómetro… Yo no sabía manejar. Entonces bajaba del departamento a la calle, ponía en marcha el auto, me sentaba un ratito, lo apagaba y subía otra vez al departamento”, contó, riéndose de su propia torpeza, la del chico sencillo de campo. Tal vez ese origen humilde pero con la dignidad del trabajo ayude a explicar su tránsito por una adultez sin resentimientos.

Por aquel tiempo conoció a Nancy, la que sería su mujer, en la pileta del club Acapulco, en San Justo. “Yo no sabía que Oscar jugaba en Boca… Además, yo era de River”, describió ella, ex modelo.

Oscar, con Gareca, cuando pasó a River.

Oscar, con Gareca, cuando pasó a River.

En 1985, junto a su gran amigo Ricardo Gareca, pasó de Boca a River. La 12, liderada por José Barritta, el Abuelo, no se lo perdonó: le prendió fuego su casa (ya se había mudado a Ramos Mejía). Después se iría a Europa, volvería a la Argentina, llegaría la despedida como jugador en Lanús y sus primeros intentos como entrenador. Pero esa continuidad desde el banco de suplentes no funcionó.

Su último trabajo como DT fue en San Lorenzo, en 2006. “Un día me di vuelta en un entrenamiento y un pibe de 15 años me decía que deje de robar, que me vaya… Fui a mi casa, reuní a mi familia y les dije que no dirigía nunca más”.

Lo que le dio chapa eterna, sin embargo, fue su paso por la Selección Argentina. Jugó tres Mundiales: ’86, ’90 y ’94. Dio la vuelta olímpica en México, con Maradona y Bilardo. A Diego, aunque tuvieron cortocircuitos, lo adoraba. Por eso no pudo callarse cuando escuchó los audios en que alguien decía “el gordo se va a cagar muriendo”.

“No puedo creer que esos audios sean de verdad…”, apuntó, acomodándose la solapa del saco. “Pobrecito, Diego, habría que dejarlo en paz”.

Sus primeras incursiones como “comentarista” fueron en Francia 98, para Telefe. Al mismo tiempo, con Marcelo Tinelli como interlocutor, salía al aire en “el show del chiste”, que se caracterizaba por sus cuentos subidos de tono, escatológicos, machirulos. Hoy resultarían irreproducibles.

El humor es el rubro en que todavía expone su perfil más rústico y lo expone a críticas, esta vez sin grieta. Como cuando se burla de la psicología: “¿En serio vas al psicólogo?”, preguntó una tarde al aire. “¡Mamita querida! ¿Y qué hacés ahí sentado, de qué hablás?”

También se mofó del “implante dental” de Miguel Ángel Russo, entrenador de Boca. “¿Qué le hicieron en los dientes de arriba?”, provocó. “¡Si te fijás bien, ahora tiene tres paletas! Le pusieron más dientes”.

En su rol de “opinólogo” se destacaba por su lengua más dispuesta al combate que al intercambio de argumentos. Así, trató de “piedra” a José Sanfilippo y calificó de “vago” a César Menotti.

Menotti le respondió: “De vez en cuando es bueno agarrar un libro… Para ser cómico hay que prepararse”.

Bailando tango con su hija Candela en "ShowMatch".

Bailando tango con su hija Candela en “ShowMatch”.

Con los años, Ruggeri aprendió a dominar ciertos impulsos. En 2016, cuando participó junto a su hija Candela del Bailando por un sueño, se vio una versión más sosegada y sonriente del ex futbolista. En especial, cuando intentaba mover la cadera en el reggaetón.

“Gracias por ser como sos y por estar siempre. Te merecés el universo”, lo elogió Candela.

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Es miércoles, 13.20. Vignolo analiza el superclásico que se jugará en breve. Ruggeri lo escucha mientras toma sorbos de café. Pausa. Durante la tanda, suena “qué fantástica esta fresca”, el hit de Raffaella Carrá versionado por una marca de cerveza. El Cabezón se activa con la melodía, mueve los zapatos de charol. Aire. Como parte de otra chanza, el Pollo le pide que le mande un saludo a “Joao, un amigo brasileño que vende camisetas de la selección de su país en la calle Florida”. “¿Un amigo brasileño? ¡Que se funda!”, le sigue el juego Oscar. “No le compren ninguna camiseta. Son todas truchas… Los chicos argentinos tienen que comprar la celeste y blanca”.

Más tarde, sin embargo, dirá: “Ya está, ya no me quiero pelear con nadie, estoy llegando a los 60 años”.

“Oscar no quiere más problemas, salvo que alguien se meta con Bilardo: ahí salta porque el Narigón no se puede defender”, confirma Sottile (en 2017, al Doctor le diagnosticaron el síndrome de Hakim-Adams, una enfermedad degenerativa).

Su intención de no enojarse ni pelearse, sin embargo, parece debilitarse cuando las discusiones futboleras lo enfrentan con Diego Latorre, la otra carta fuerte de ESPN, a quien, para engañar, llama “Gambeta”.

Compañeros en ESPN FC, el ciclo conducido por Alejandro Fantino, suelen ubicarse en veredas opuestas. Y tienen sus razones: Latorre es menottista y Ruggeri, bilardista; Latorre es racional y Ruggeri, puro sentimiento; Latorre habla con tonos bajos y a Ruggeri se le inflama la vena…

“Oscar quiere tranquilidad y ‘comprar tiempo’. Por eso viene al programa tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes. El resto de los días le gusta cortar el pasto, salir a navegar, disfrutar con su familia…”.

Esa tranquilidad ofrece un lado menos luminoso. Tras su retiro en Lanús, en 1997, a Ruggeri le costaba quedarse solo en su casa: “sentía miedo”, confesó. ¿El capitán apichonado, vulnerable? “Me asustaba estar sin compañía… Por eso disparaba: salía a correr, me iba a jugar algún picado…”. El Gallego López, ilumina: “hoy el programa F90 es su vestuario”.

Hay otra cuestión que lo sensibiliza: la muerte, sobre todo, la finitud de los que dieron la vuelta olímpica con él en México ’86, héroes supuestamente invencibles. “Cucciufo, Brown, el Profe Echeverría, ahora Diego… Veo videos en los que estábamos juntos y no lo puedo creer”, controla el llanto.

“Cuando murió Maradona, Oscar no caía… Hasta que vio cómo iba a ser el velatorio y ahí se empezó a quebrar”, avanza Sottile.

A fines del año pasado, se contagió el coronavirus. Para curarse permaneció en cuarentena en su casa de country de Pilar. Y eso también lo ablandó: “Lo sigo sufriendo. Puedo salir a correr. Pero estoy cansado… Por eso quiero que vacunen a mi mamá… Se llama Ilda Ruggeri, Ilda sin hache, y vive en Corral de Bustos”.

-¿Ya está anotada?

-Sí. Dicen que la vacuna está por llegar a Córdoba y que en los próximos días se la van a dar.

-¿Se te ocurrió levantar el teléfono y agilizar el trámite?

-Ni loco. No me entra en la cabeza hacer una cosa así: con la salud no se jode.

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