El 20 de julio de 1868 nació en Salta José Félix Benito Uriburu, un soldado cuyo nombre está ligado al comienzo de un periodo oscuro de la historia argentina: el de los continuos golpes de Estado. Este personaje, con una familia de tradición política y militar, construyó una carrera militar que lo llevaría a liderar una ruptura institucional sin precedentes en el país al derrocar a Hipólito Yrigoyen en 1930.
Primer intento de golpe de Estado y génesis de su visión autoritaria
La carrera golpista de Uriburu no inició en el siglo XX. Antes de cumplir los treinta años, el joven oficial conspiró contra el poder civil, fundando una logia en su propia casa con oficiales dispuestos a derrocar al presidente Miguel Juárez Celman en 1890. Esta logia fue su primer intento de golpe, cuatro décadas antes de convertirse en el militar que tomaría efectivamente el poder. Uriburu creía firmemente en que las armas podrían corregir la política, considerando al Ejército como el árbitro legítimo de las crisis institucionales.
La experiencia en Europa consolidó en Uriburu una visión autoritaria del Estado, inspirada en el modelo prusiano. Esta visión, alejada del liberalismo parlamentario, buscaba trasladar ese esquema germánico a Argentina, con un ejército fuerte y una sociedad jerárquicamente ordenada.
La retirada y la gestación del golpe del 30
En 1929, al recibir el retiro obligatorio del ejército, Uriburu no se alejó de la vida pública, sino que inició una etapa conspirativa decisiva. Tejió alianzas con sectores antipersonalistas conservadores y radicales, compartiendo el rechazo a Hipólito Yrigoyen. El golpe se produjo el 6 de septiembre de 1930, con Uriburu al frente de un contingente de cadetes y tropas hacia la Casa Rosada. A pesar de que Yrigoyen ya había delegado el poder en su vicepresidente, Uriburu decidió sostener la rebelión y completar la caída del gobierno radical.
Un proyecto corporativo que chocó con la realidad
Uriburu buscó establecer un estado corporativista, inspirado por el fascismo europeo, pero pronto perdió apoyo popular. Ante el desgaste, Agustín P. Justo impulsó su candidatura presidencial y ganó las elecciones de 1931. Uriburu entregó el poder a Justo en 1932 y falleció meses después en París, donde buscaba tratamiento médico.
El legado de Uriburu marcó un ciclo de interrupciones militares en Argentina y su influencia se extendió a figuras como Juan Domingo Perón, quien años después lideraría otro proceso militar y fundaría un movimiento político trascendental en la historia del país.








