La Violenta Génesis de la Nación Argentina: La Ejecución de Dorrego
Varios historiadores consideran que nuestro país “nació dividido”. En palabras de Juan Bautista Alberdi, alma máter de nuestra Constitución, el “histórico nacimiento del 25 de mayo de 1810 significó para las provincias el reemplazo de la “colonia española” por la “colonia porteña”.
En tiempos de la Primera Junta esa “fisura política fue tragada a dos de sus valiosas figuras. Uno era Mariano Moreno, quien chocó con la postura más conservadora de Saavedra y fue enviado en misión diplomática a Londres, destino que nunca llegó al morir en alta mar en circunstancias que aún hoy son tema de debate. El otro era Manuel Belgrano, a quien el primer gobierno nacional puso al mando de un ejército y lo envió hacia el Norte luego de que el creador de la Bandera presentara sus ideas sobre una reforma agraria que permitiera una mejor distribución de las tierras.
Dos Visiones Antagónicas del País
El enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior sería el telón de fondo, a partir de ahora, de sucesivos gobiernos. La Gran Junta, dos triunviratos, varios directores supremos y hasta un presidente fallido, como Bernardino Rivadavia, pasaron en medio de esa rivalidad que fue sólo política hasta el 13 de diciembre de 1828. Ese día, un error de Juan Lavalle provocó la ejecución de Manuel Dorrego y abrió la puerta a la lucha fratricida entre ambos bandos.
Lavalle encarnó el espíritu unitario en toda su crudeza. Brillante en el campo de batalla, héroe de la independencia y de la guerra contra Brasil, pero también un hombre de poca paciencia política y poca visión institucional. Su convicción de que las costumbres republicanas podían suspenderse en nombre del orden lo llevó a cometer el acto más divisivo de su carrera.
Al otro lado de la grieta, Dorrego, Gobernador de Buenos Aires y figura central del federalismo rioplatense. Carismático, cercano a la gente común y a los líderes del interior, había firmado la paz con Brasil –una paz impopular entre los militares– y gobernaba con el apoyo de los sectores rurales y las clases populares de la campaña. Era el hombre que los unitarios más temían y despreciaban.
Un Error de Cálculo Fatal
La reacción fue inmediata y feroz. Las provincias del interior tomaron las armas. Los dirigentes federales, que ya desconfiaban profundamente de Buenos Aires, encontraron en la ejecución de Dorrego la prueba definitiva de que los unitarios no respetarían ninguna regla del juego. El Litoral, Córdoba, La Rioja, Entre Ríos: la indignación se extendió como un incendio por todo el país.
Lavalle, que había creído que la eliminación de Dorrego pacificaría el escenario político, fue encontrado en cambio gobernando un territorio en llamas. Los disturbios federales acosaron a sus tropas, el interior era ingobernable y la legitimidad de su gobierno fue cuestionada incluso por quienes lo habían apoyado inicialmente. El unitarismo había ganado una batalla y perdido la guerra política.
En ese vacío de poder y legitimidad, empezó a crecer, silenciosa y calculadora, Juan Manuel de Rosas. Rosas, un poderoso ranchero, profundamente conocedor de la campaña de Buenos Aires y de sus hombres, había observado fríamente los acontecimientos de diciembre. No era ni un ideólogo ni un intelectual: era un operador político de habilidad excepcional que comprendía que el federalismo herido por el fusilamiento de Dorrego necesitaba un nuevo líder.
Rosas se presentó como el vengador del gobernador asesinado, como el defensor del orden federal y de los valores de la campaña contra la soberbia de la élite ilustrada bonaerense. Construyó su poder sobre la memoria de Dorrego, con la misma habilidad con la que manejaba sus habitaciones: con paciencia, con cálculo y con violencia perfectamente administrada.
En 1829, apenas un año después de la ejecución, Rosas asumió como gobernador de Buenos Aires con poderes extraordinarios. La lógica del enfrentamiento entre unitarios y federales que Lavalle había precipitado con su decisión lo llevó directamente al poder. Lo que siguió fue un período de más de veinte años en los que Rosas dominó la escena rioplatense con mano de hierro, y en el que la guerra civil entre ambas facciones se cobró miles de vidas.
Lavalle murió en 1841, acorralado por las fuerzas rosistas en el norte del país. La bala que ordenó disparar contra Dorrego terminó, de alguna manera, alcanzando a él mismo.
La historia, con su característica ironía, reservó para Lavalle el papel de quien creyó salvar la república y terminó entregándola, envuelta en llamas, a quien más odiaba: el líder federal de la campaña, Juan Manuel de Rosas, quien gobernaría la Argentina con mano de hierro durante más de dos décadas.
El Legado Oscuro de un Fusilamiento
El historiador Bartolomé Mitre, un unitario convencido, reconoció décadas después que la ejecución de Dorrego había sido un error histórico irreparable. No sólo porque privó de la vida a un hombre sin juicio, sino porque destruyó la posibilidad de una mínima convivencia política entre las dos grandes tradiciones del naciente país.
Lavalle vivió el resto de su vida atormentado por las consecuencias de aquel amanecer en Navarro. Murió en 1841, acorralado por las fuerzas rosistas en el norte del país, en circunstancias que aún generan debate entre los historiadores. La bala que ordenó disparar contra Dorrego terminó, de alguna manera, alcanzando a él mismo.
Lo que quedó definitivamente claro el 13 de diciembre de 1828 fue que en la Argentina que intentaba construirse, la violencia política sería algo común durante décadas. La ejecución de Dorrego no fue la única causa de ese destino, pero sí su momento fundacional. Fue el momento en que las dos mitades de un país que aún buscaba su forma decidieron, sin saberlo, que el camino sería largo y sangriento.
La historia, con su característica ironía, reservó para Lavalle el papel de quien creyó salvar la república y terminó entregándola, envuelta en llamas, a quien más odiaba: el líder federal de la campaña, Juan Manuel de Rosas, quien gobernaría la Argentina con mano de hierro durante más de dos décadas.
Conclusión
La ejecución de Dorrego desencadenó un periodo de violencia y división en la Argentina que marcaría su historia temprana. La rivalidad entre unitarios y federales se convirtió en una guerra civil que cobró miles de vidas y que dejó una profunda huella en el país. El error de cálculo de Lavalle al ordenar la muerte de Dorrego se convirtió en el inicio de un ciclo de violencia política que marcaría el destino de la nación durante décadas. La historia nos recuerda que las decisiones políticas tienen consecuencias profundas y que la violencia nunca es el camino hacia la construcción de una sociedad justa y equitativa.








