El precio de llenar el changuito: una radiografía de la realidad argentina
En el ajetreado mundo de los supermercados, hay escenas que funcionan como una radiografía social sin necesidad de figuras: el monito lleno. Pesado, difícil de empujar mientras la gente sola o con familias deambula entre las góndolas. En Argentina, este gesto cotidiano conserva una lectura inmediata. No se trata sólo de consumo: el tamaño del carrito y la frecuencia con la que se completa permanecen signos de pertenencia y horizonte económico para amplios sectores de la clase media.
El último informe de Analytica sobre el llamado “mono federal” vuelve a ese símbolo, pero cambia el enfoque. La cifra final (cuánto cuesta llenar el carrito) pasa a un segundo plano frente a una pregunta menos visible: Qué factores explican que este esfuerzo sea más o menos llevadero según la provincia.
La foto de mayo muestra diferencias conocidas en términos geográficos. La Patagonia vuelve a concentrar los valores más altos: Santa Cruz supera el millón de pesos ($1.013.092) seguido de Chubut y Río Negro, mientras La Rioja, Santa Fe y el conurbano bonaerense aparecen entre las opciones más accesibles en términos nominales. Pero esa distancia, por sí sola, dice poco sobre la experiencia de compra real.
El informe sugiere mirar para otro lado. La dispersión de precios entre regiones convive con estructuras de ingresos muy diferentes. En la Patagonia, donde el changuito es más caro, también se registran los salarios privados más altos. Santa Cruz, por ejemplo, combina el costo más alto con uno de los ingresos promedio más altos del país. Allí, el impacto del gasto se amortigua parcialmente.
El contraste se vuelve más nítido fuera de ese eje. En varias provincias, El problema no era tanto el precio de la canasta sino la dinámica del ingreso. La Rioja aparece como el caso más claro: El incremento interanual del changuito estuvo entre los más moderados (+28,3%), pero la mejora salarial quedó rezagada (+22,5%) lo que hizo aumentar el peso del gasto en alimentos dentro del presupuesto familiar. El changuito se volvió más barato que en otros lugares, pero aún así se volvió más difícil de llenar.
Este “efecto ingreso” introduce una lógica diferente a la discusión habitual. Ya no basta con seguir la evolución de los precios en los lineales: la clave está en la relación entre estos precios y la capacidad adquisitiva de cada jurisdicción. En 11 provincias, la canasta ganó participación en los salarios en la comparación interanual. En otros ocurrió lo contrario.
Catamarca ofrece lo contrario de esa dinámica. Allí, el peso del mono se redujo en 3,6 puntos porcentuales. La explicación combina dos variables: una de las subidas de precios más moderadas (+29,3%) y, sobre todo, un crecimiento salarial muy por encima de la media (+47,5%). No fue sólo una desaceleración en los estantes, sino que los ingresos fluyeron más rápidamente.
La lectura por productos proporciona otra capa. Algunos aumentos fueron generalizados, independientemente de la provincia. El aceite de girasol volvió a liderar los incrementos, con incrementos de entre el 3% y el 5% en casi todo el país, mientras que galletas de agua se movieron en una banda de entre el 4% y el 6%. Son bienes difíciles de recortar en las compras mensuales, lo que amplifica su impacto en el total.
Al mismo tiempo, otros ítems mostraron una relativa estabilidad. Las supremas de asado y pollo no registraron variaciones significativas en la mayoría de las provincias, lo que introduce matices dentro de la canasta. En esta combinación, la recomposición del gasto no responde a un único factor: ajustes específicos coexisten con áreas de quietud.
En mayo, además, se produjeron movimientos dispares en las subidas absolutas. Río Negro lideró la suba de pesos respecto a abril (+$62.947), seguida de Misiones y Córdoba, mientras que La Rioja volvió a aparecer entre las menores variaciones. Esa volatilidad mensual refuerza la idea de que el mono se mueve con diferentes ritmos según el territorio.







