Paradojas en la larga recta final de las presidenciales brasileñas

Esta semana comenzó un capítulo central en la larga recta final para las elecciones brasileñas del 2 de octubre. Pasa con dos hechos decisivos. El primero es la deflación registrada por Brasil de -0,68% en julio, récord en casi medio siglo de mediciones mensuales.

Esta cifra reduce el indicador anualizado de 11,8 a 10,07%. Son los mismos niveles de diciembre pasado, tras alcanzar el 12,13% en abril, el nivel más alto desde 2003.

Esta noticia, clave para las aspiraciones del presidente Jair Bolsonaro, está ligada a la “paquete de beneficios” que el pasado martes lanzó el gobierno con subsidios extendidos para los sectores más empobrecidos del país.

Está 50% de aumento del paquete Ayuda a Brasil, el clon de Bolsa familiar popularizado por el expresidente Luis Inácio Lula da Silva, el principal rival de Bolsonaro y quien por ahora lidera las encuestas, aunque en un nivel decreciente. El efecto de ambos movimientos es evidente: la aprobación del presidente y su gobierno mejoró entre los votantes más humildes.

Así, cabría prever que la diferencia que separa a los dos candidatos podría estar reduciéndose a un dígito, en torno a los siete puntos según una encuesta de la firma FSB. Lo curioso de todo este proceso es que, como ya apuntaba esta columna, Lula está siendo víctima de una maniobra populista de un presidente de extrema derecha que se apropia de un mecanismo habitual entre los aliados regionales del líder del PT para arrebatar votos.

Bolsonaro, sin detenerse en sutilezas, inauguró este programa de «ayuda social» ocho semanas antes de las elecciones y con vencimiento estricto el 31 de diciembre. Consumirá 8 mil millones de dólares del erario público, un regalo patrimonial para que en esos amplios sectores agobiados por la pobreza la elección se convierta en meramente plebiscitaria, como calificaría el inevitable Guillermo O’donnell.

La inflación está bajando debido a otra ingeniería del gobierno para mejorar su imagen pública. Bolsonaro relevó la dirección de Petrobras imponer una reducción en los precios de los combustibles y logró aprobar una legislación que elimina una parte sustancial de los impuestos que recauda el Estado sobre la gasolina y el etanol.

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva. Foto de Reuters

Las provincias recibían estos impuestos para destinarlos a la programas de salud y educación. Para el brasileño que llena de combustible su auto, la pérdida es un cambio cercano y tangible. En el transporte, por ejemplo, el efecto se midió con un retroceso significativo de -4,51 %.

Los problemas del presidente

Estas maniobras asombran pero son inevitables para el presidente. Como señaló hace semanas El economista “Bolsonaro está en un aprieto. Ya no puede pretender ser un outsider político. Y es un cruzado menos plausible contra la corrupción, después de tres años y medio plagados de escándalos en el cargo».

«A medida que el hambre suba a niveles no vistos en décadas», agregó, «muchos votantes recordarán que las políticas de Lula una vez ayudaron a llenar sus estómagos, y pocos olvidarán la mala gestión de la pandemia por parte de Bolsonaro, que dejó más de 660.000 muertos”.

La estrategia de Lula, a diferencia de otras campañas en las que endureció su figura en la izquierda, ahora busca mostrarse en el centro y, por momentos, incluso más allá. Así trata de definir la disputa con Bolsonaro menos con ideología que con eficiencia en la gestión pública y pragmatismo.

No solo repite fórmula con un líder de derecha, el exgobernador de São Paulo Geraldo Alckmin. Antes ese lugar en los dos mandatos del expresidente lo había ocupado el fallecido empresario José Alencar, un evangelista rígido como Bolsonaro.

El líder del PT también busca reafirmarse en el establishment brasileño, parte del cual no compra la versión de que es un «izquierdista feroz» como lo acaban de tildar Los New York Times.

Uno de los principales aliados del expresidente es Roberto Setubal, presidente del Banco Itaú, el más grande de Brasil y que acaba de firmar una carta pública contra las amenazas de ignorar los resultados electorales que impulsa Bolsonaro. Es el mismo banquero que le dio luz verde de confianza cuando el sindicalista del metal llegó al poder por primera vez en 2003.

Esta semana Lula se reunió con los dirigentes de la Federación Industrial del Estado de Sao Paulo, la poderosa FIESP, cuyo presidente es Josué Gomes, hijo de Alencar. Allí expuso los términos de su proyecto de gobierno, proponiendo recuperar la superávit fiscal y, al estilo de lo que acaba de anunciar el colombiano Gustavo Petro, reducir el tamaño administrativo del estado.

Con un ímpetu que seguramente incomodaría a sus más dogmáticos admiradores de la región, Lula aseguró a los empresarios que “lo que voy a garantizar es el mercado”. Y les prometió que «volverán a ganar dinero en el país» recordando que durante sus dos gobiernos, bancos y corporaciones cosecharon la mayor tasa de acumulación de la historia brasileña.

“Si lo que quieren es invertir en Brasil para ganar dinero, eso está garantizado. Repetiré tres palabras que forman parte de mi diccionario: credibilidad, estabilidad y previsibilidad. comentó.

El reclamo contra la ofensiva oficialista y en defensa de la democracia.  Foto Bloomberg

El reclamo contra la ofensiva oficialista y en defensa de la democracia. Foto Bloomberg

En ese esquema se incluye una reforma tributaria que es un estandarte histórico de la demanda del establishment paulista, donde reside más del 50% del PIB brasileño, y que busca simplificar el enredado sistema tributario nacional y reduce tu presión.

Los números

También aparece en el mensaje la figura del responsabilidad fiscal, una bandera contra el derroche público de modelos demagógicos que se extiende en la región. “No se puede gastar más de lo recaudado”, insistió el expresidente, aclaración en la que intencionalmente insistió para diferenciarse particularmente del caso del derrumbe argentino.

La pesadilla de nuestro país Se ve con lupa desde esos vértices de Brasil con la sorpresa que produce la magnitud del desastre y la persistencia de la mala práctica en torno al gasto público y la consecuente inflación que genera. En privado, Lula ha sido y sigue siendo un crítico no diplomático del despiste argentino y de sus responsables.

Brasil, por cierto, tiene una estructura mucho más saludable que su vecino sudamericano. Tiene reservas de 386.478 millones de dólares aunque enfrenta una deuda pública equivalente al PIB de alrededor de un billón 400 mil millones. La deuda externa es poco más de un tercio de esa suma.

La posición centrista de Lula es electoral, pero es cómoda para un líder socialdemócrata desarrollista que está de acuerdo con un viejo vicio del establishment de su país para mantener a Brasil como una de las economías más cerradas del mundo.

Cuando Uruguay comenzó a explorar la alternativa de un tratado de libre comercio con China rompiendo los pactos de unanimidad dentro del Mercosur, Lula y su principal aliado político, el expresidente Fernando Henrique Cardoso, opuestos juntos en una presentación pública. La palabra apertura no tiene ideología en Brasil.

Bolsonaro tampoco ha roto la cultura proteccionista de su gobierno, pero se ha mostrado dispuesto a romper otras reglas abusando de la complicidad con las Fuerzas Armadas.

Baste señalar que en los ocho meses hasta mayo de 2022, el ala de ciberdefensa de las Fuerzas Armadas presentó 88 preguntas sobre supuestas vulnerabilidades en el proceso electoral, principalmente los puntos de conversación que expone Bolsonaro cuando amenaza el resultado de las elecciones.

Presidente Jair Bolsonaro.  AP Foto

Presidente Jair Bolsonaro. AP Foto

Es la primera vez que los militares salpican en este campo donde su papel siempre se ha limitado a transportar las urnas y protegerlas. El año pasado, el actual compañero de fórmula del presidente, el general Walter Braga Netto, incluso advirtió que «O tenemos elecciones limpias o no tendremos elecciones».

Por eso se teme alguna peligrosa novedad en los hechos y en el discurso del presidente el 7 de septiembre, bicentenario de la independencia. El escenario lo resume Wallace Corbo, investigador de Getulio Vargas citado por la revista británica: “Cualquier brasileño que no esté preocupado es porque no está prestando atención”.

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